Cuando aumentan los casos de violencia y agresión en los medios educativos, y faltan recursos e incluso ideas para solucionarlos, se recurre a veces a parches que más que resolver el problema de fondo, , ponen a la luz la falta de valores de la actual sociedad.

 

¿Es solución imponer un estatus administrativo como el de “autoridad” a maestros y educadores, cuando el mismo concepto de autoridad es cuestionado?

Veamos algunos ejemplos y recurramos al origen de algunos conceptos.
Inicio de curso en Secundaria:

Treinta y siete  profesores agredidos desde que se les considera autoridad
La Comunidad de Madrid anuncia una ley para reforzar el respeto al docente, similar al decreto del Consell de la Generalitat Valenciana.


Una profesora de la Comunitat se quedó asombrada cuando vio cómo la madre de una alumna entraba en el centro y le propinaba una bofetada sin mediar palabra. Este tipo de agresiones, por suerte, son excepcionales. No están a la orden del día, pero se producen. Sí es más frecuente, en cambio, alguna agresión verbal grave, injurias o amenazas. Incluso el correo electrónico se utiliza como arma. Ser profesor no es una actividad de alto riesgo, pero poco le falta.


La Conselleria de Educación propuso castigar más duramente las agresiones de menores o padres con la aprobación del Decreto de Convivencia, que entró en vigor en mayo de 2008. Desde entonces se han presentado en los juzgados denuncias en las que a treinta y siete  docentes –15 en 2008 y 22 en 2009– se les ha reconocido la condición de autoridad pública, según la Generalitat.


Se trata de un reconocimiento similar al que tienen, por ejemplo, los policías. Evidentemente, no tiene las mismas consecuencias penales agredir a un policía en el desempeño de su trabajo que a cualquier otra persona. También el personal sanitario reclamó esta protección ante el aumento de las agresiones.


Esta consideración aparece en el Decreto de Convivencia que aprobó la Conselleria de Educación en mayo del año pasado. Este fue realmente el germen del anuncio que hizo ayer la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, para reforzar la autoridad de los profesores en las aulas.


La futura ley que anunció Aguirre recogerá la condición de los profesores como autoridad pública, un aumento de sueldo para los puestos directivos por ser los responsables de mantener el orden y más implicación de las familias. La medida ha sido hecha pública tras los sucesos en la localidad de Pozuelo, donde una multitud de jóvenes se enfrentó a la Policía.


El sindicato CSIF propuso que esta condición –autoridad pública– se extienda a todo el Estado. Para ello, es imprescindible la modificación del Código Penal. «No siempre los fiscales reconocen la condición de autoridad», mantienen. Además, también piden la «presunción de veracidad» para el profesor. El testimonio de este por encima de la otra parte.

No obstante, la Fiscalía General del Estado ya consideraba que los profesores de los centros públicos tienen la condición de autoridad a efectos penales. Así lo estableció el Ministerio Público en una circular de 2008.

Desde el sindicato CSIF hunden las raíces de esta «crisis» de las aulas en el modelo educativo, «que ha fracasado». «Esto ha desprestigiado al profesor». Los docentes critican la cultura «en la que el niño siempre tiene razón».


El sindicato ANPE reclamó ayer una ley similar a la de Madrid en la Comunitat para reforzar todavía más la posición del profesor. Las mismas fuentes subrayaron que las «altas» cifras de fracaso escolar en la Comunitat «hacen necesario modificar el clima en las clases». Además, añadieron que debido a la inmigración, las aulas son cada vez más heterogéneas y se agrupan alumnos con varios niveles curriculares y diversas culturas.


Veamos ahora cuál era el origen de la palabra y concepto de “autoridad”.
Auctoritas


Curiosamente, el concepto de autoridad originariamente deviene de la antigua Roma: del respeto y alta consideración que se tenía por determinadas personas, por sus valores y virtudes. Esos valores y su conocimiento público acrecentaban el prestigio de esa persona  dentro de la sociedad romana, su influencia y su capacidad de congregar apoyo para su voluntad.

Dicho de otra forma, sería la capacidad de hacer que la gente siga a la persona investida de esa “autoridad” solo por quién era esa persona.

Dignitas

Dignitas, en la Roma antigua, fue definida como la suma de fuerza personal e influencia que un ciudadano adquiere a través de su vida. Cuando se medía la dignitas personal de un individuo, se tomaban en cuenta factores como la reputación personal, su moral y su ética, junto con el derecho al respeto y tratamiento correcto.

Auctoritas versus Potestas
La potestas, decían los griegos, es el poder que se te concede para un cometido concreto. Emana de un poder superior.


Cuando te hacen jefe en una organización de tipo empresarial, por poner un ejemplo, te envisten de ese poder, fines y medios a tu disposición y personas para la delegación de atribuciones. Respondes ante alguien superior a ti en el escalafón jerárquico. Sobre tus subordinados tienes un poder que puedes y debes ejercer (premio y sanción), para que ellos, a su vez, alcancen los objetivos que les has impuesto.


Con potestas, obviamente, no se nace. Aunque nazcas príncipe o rey, no ejerces. Siempre hay un regente hasta tu mayoría de edad, es decir, hasta que se piensa que tienes uso de razón.


La auctoritas es más compleja. No tiene poder –aunque pueden coincidir ambas en el mismo individuo–. No tiene capacidad de sanción ni de premio. La auctoritas te la conceden los demás libremente en función de dos parámetros previos: que tengan una necesidad previa –sentida o real–, y que crean que tú eres la persona indicada para cubrir esa necesidad –esta también sentida o real–. Por lo tanto, la oportunidad es esencial en la auctoritas.


Este sería el llamado líder, el portador de la auctoritas. Repito, podemos encontrarnos jefes (directivos, padres, obispos, generales, etc.) formales, que además son auctoritas. Dad gracias a Dios cuando eso ocurra. Se cumple el aforismo popular: “¿Quién te enriqueció? ¿Quién te dirigió?”.

Pero también nos encontraremos gentes a las que, sin ostentar poder sobre nosotros, seguiremos en los temas en los que creemos que son ejemplo, “autoridad”: “Pues Fulanito es una autoridad en tal materia”.
Incluimos a continuación un post de un blog por lo esclarecedor de estos términos, y valga una reflexión acerca de si le damos realmente importancia a la educación y al papel dificilísimo de los educadores.


La auctoritas y la gestión de equipos


A los romanos les debemos muchas cosas: el derecho y parte de la organización política son algunas de ellas. Fueron capaces, con unas comunicaciones pobres –¿cuánto se tardaba de punta a punta en recorrer el Imperio?– y con un ejército pequeño –¿qué porcentaje de población era militar respecto al total de población?– de mantener Europa unida bajo un único poder político. Y durante más tiempo que nadie.


Durante todo el Imperio romano, que abarcó desde la fundación de Roma hasta la caída de Constantinopla, hubo numerosas etapas, algunas francamente mejorables, pero otras muy interesantes. Yo prefiero quedarme con la época senatorial, en la que un romano prefería morir a faltar a su palabra o a perder el honor.


En esta época estaban muy en boga lo que llamaban los romanos “virtudes”. Distinguían entre dos tipos de virtudes: las personales, que cada uno debía cumplir en privado y en público, y las públicas, que eran aquellas virtudes que se esperaba que una sociedad tuviera.


Los individuos no tenían virtudes públicas, pero con sus elecciones personales sí eran responsables de que las sociedades en las que participaban tuvieran estas virtudes. Hablamos de justicia, libertad o paz.
De lo que vamos a hablar es de una virtud personal en particular, cuyo concepto desgraciadamente se ha perdido: es la auctoritas.


Auctoritas es la cualidad por la cual una persona se hacía merecedora del respeto de los que la rodeaban, a través de la experiencia y la realización plena y completa durante mucho tiempo de otras virtudes: la Pietas, y la Industria.


Pietas era el respeto por los valores sociales de la república y por la cultura; estos dos incluían el respeto por la Tríada Capitolina y los antepasados, como manifestación de la religio. Pero la Pietas no era apenas un respeto social o cultural: también exigía el respeto por los que te rodean.
Industria era la capacidad de trabajar duro durante toda la vida para obtener tus objetivos.


Por lo tanto, para tener auctoritas, un romano debía labrarse una historia personal de trabajo, esfuerzo, experiencia y respeto por una serie de valores, así como respeto por las personas. Podías tener poder –potestas– o incluso poder absoluto –imperium–, pero el hecho de tener potestas en ningún momento no aseguraba ni un ápice de auctoritas.


La forma de ganar auctoritas para los romanos que no participaban en el ejército era laboriosa y discreta, por lo que los ejemplos que pueda poner pueden escapar al imaginario cultural de la generación LOGSE. Pero en el caso militar, todos sabemos lo que hacían los generales para conseguir auctoritas: una vez que conseguían la potestas –es decir, que podían mandar–, seguían caminando con la tropa, iban a la batalla en línea de frente, comían con los soldados y eran un ejemplo para todo el ejército.

Llegado a un punto, sus subordinados no lo seguían porque tuviese potestas, sino porque creían en él. Era su ejemplo. Muchos militares de la gens Cornelia que anduvieron por España, o militares famosos como César –o, más recientemente, Napoleón– entendieron la importancia de la auctoritas.


Auctoritas es el hecho de que la gente te escucha y acepta lo que dices no porque tienes el poder, sino porque tú, personalmente, tienes todo un registro de trabajo duro, de esfuerzo, de respeto, de sacrificio y de conocimiento, que hace que la otra persona, que se siente respetada, piense: “si Fulanito lo dice, es porque es cierto”.


Actualmente, se escriben cientos de libros sobre gestión empresarial hablando del liderazgo. Pero el hecho triste es que todo esto es necesario porque hemos olvidado algo que nuestros antepasados sabían: auctoritas no es lo mismo que potestas. El hecho de que puedas dar órdenes no significa que alguien las vaya a obedecer. La gente hace algo bien si de buena fe cree en ello y en el que lo propone.


Por el látigo también se pueden conseguir algunos resultados: si tienes medios dictatoriales para forzar el cumplimiento de tus órdenes, las órdenes serán ejecutadas. Pero luego no llores diciendo que tus empleados o subordinados hacen mal las cosas, que se te van, que tienes una alta rotatividad, que no te fías de ellos o que no son proactivos –esto último es lo más gracioso. ¿No los has castrado antes ejerciendo tu poder de forma indiscriminada?–. Puedes tener potestas, pero ni sospechas de que sea la auctoritas.


¿Quieres tener auctoritas? Muestra que respetas y escuchas a los que te rodean. Adquiere conocimiento. Mucho. Demuestra trabajo duro, responsabilidad y respeto durante años. Y cuando adquieras la potestas, no solamente no debes perder todo esto, sino que, además, debes ser un ejemplo para todos. Y verás como tus subordinados creerán en ti, y lucharán junto a ti por conseguir los objetivos.


David Santo Orcero es profesor asociado a tiempo parcial de la Universidad de Málaga, asesor estratégico y tecnológico de varias empresas y desarrollador de software libre.


FUENTES:
http://www.lasprovincias.es/valencia/20090916/
http://www.orcero.org/irbis/blog/?p=12
http://victorlustig.blogspot.com/2009/06/autorictas-dignitas-y-tinelli.html
http://www.pabloamez.com/2008/07/potestas-versus-autoritas.html

ponen a la luz la falta de valores de la actual sociedad.

¿Es solución imponer un estatus administrativo como el de “autoridad” a maestros y educadores, cuando el mismo concepto de autoridad es cuestionado?

Veamos algunos ejemplos y recurramos al origen de algunos conceptos.

Inicio de curso en Secundaria:

Treinta y siete  profesores agredidos desde que se les considera autoridad La Comunidad de Madrid anuncia una ley para reforzar el respeto al docente, similar al decreto del Consell de la Generalitat Valenciana.
Una profesora de la Comunitat se quedó asombrada cuando vio cómo la madre de una alumna entraba en el centro y le propinaba una bofetada sin mediar palabra.
Este tipo de agresiones, por suerte, son excepcionales. No están a la orden del día, pero se producen. Sí es más frecuente, en cambio, alguna agresión verbal grave, injurias o amenazas. Incluso el correo electrónico se utiliza como arma. Ser profesor no es una actividad de alto riesgo, pero poco le falta.

La Conselleria de Educación propuso castigar más duramente las agresiones de menores o padres con la aprobación del Decreto de Convivencia, que entró en vigor en mayo de 2008. Desde entonces se han presentado en los juzgados denuncias en las que a treinta y siete  docentes –15 en 2008 y 22 en 2009– se les ha reconocido la condición de autoridad pública, según la Generalitat.

Se trata de un reconocimiento similar al que tienen, por ejemplo, los policías. Evidentemente, no tiene las mismas consecuencias penales agredir a un policía en el desempeño de su trabajo que a cualquier otra persona. También el personal sanitario reclamó esta protección ante el aumento de las agresiones.
Esta consideración aparece en el Decreto de Convivencia que aprobó la Conselleria de Educación en mayo del año pasado. Este fue realmente el germen del anuncio que hizo ayer la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, para reforzar la autoridad de los profesores en las aulas.
La futura ley que anunció Aguirre recogerá la condición de los profesores como autoridad pública, un aumento de sueldo para los puestos directivos por ser los responsables de mantener el orden y más implicación de las familias. La medida ha sido hecha pública tras los sucesos en la localidad de Pozuelo, donde una multitud de jóvenes se enfrentó a la Policía.

El sindicato CSIF propuso que esta condición –autoridad pública– se extienda a todo el Estado. Para ello, es imprescindible la modificación del Código Penal. «No siempre los fiscales reconocen la condición de autoridad», mantienen. Además, también piden la «presunción de veracidad» para el profesor. El testimonio de este por encima de la otra parte.

No obstante, la Fiscalía General del Estado ya consideraba que los profesores de los centros públicos tienen la condición de autoridad a efectos penales. Así lo estableció el Ministerio Público en una circular de 2008.
Desde el sindicato CSIF hunden las raíces de esta «crisis» de las aulas en el modelo educativo, «que ha fracasado». «Esto ha desprestigiado al profesor». Los docentes critican la cultura «en la que el niño siempre tiene razón».

El sindicato ANPE reclamó ayer una ley similar a la de Madrid en la Comunitat para reforzar todavía más la posición del profesor. Las mismas fuentes subrayaron que las «altas» cifras de fracaso escolar en la Comunitat «hacen necesario modificar el clima en las clases». Además, añadieron que debido a la inmigración, las aulas son cada vez más heterogéneas y se agrupan alumnos con varios niveles curriculares y diversas culturas.

Veamos ahora cuál era el origen de la palabra y concepto de “autoridad”.

Auctoritas

Curiosamente, el concepto de autoridad originariamente deviene de la antigua Roma: del respeto y alta consideración que se tenía por determinadas personas, por sus valores y virtudes. Esos valores y su conocimiento público acrecentaban el prestigio de esa persona  dentro de la sociedad romana, su influencia y su capacidad de congregar apoyo para su voluntad.

Dicho de otra forma, sería la capacidad de hacer que la gente siga a la persona investida de esa “autoridad” solo por quién era esa persona.

Dignitas

Dignitas, en la Roma antigua, fue definida como la suma de fuerza personal e influencia que un ciudadano adquiere a través de su vida. Cuando se medía la dignitas personal de un individuo, se tomaban en cuenta factores como la reputación personal, su moral y su ética, junto con el derecho al respeto y tratamiento correcto.

Auctoritas versus Potestas

La potestas, decían los griegos, es el poder que se te concede para un cometido concreto. Emana de un poder superior.
 
Cuando te hacen jefe en una organización de tipo empresarial, por poner un ejemplo, te envisten de ese poder, fines y medios a tu disposición y personas para la delegación de atribuciones. Respondes ante alguien superior a ti en el escalafón jerárquico. Sobre tus subordinados tienes un poder que puedes y debes ejercer (premio y sanción), para que ellos, a su vez, alcancen los objetivos que les has impuesto.

Con potestas, obviamente, no se nace. Aunque nazcas príncipe o rey, no ejerces. Siempre hay un regente hasta tu mayoría de edad, es decir, hasta que se piensa que tienes uso de razón.

La auctoritas es más compleja. No tiene poder –aunque pueden coincidir ambas en el mismo individuo–. No tiene capacidad de sanción ni de premio. La auctoritas te la conceden los demás libremente en función de dos parámetros previos: que tengan una necesidad previa –sentida o real–, y que crean que tú eres la persona indicada para cubrir esa necesidad –esta también sentida o real–. Por lo tanto, la oportunidad es esencial en la auctoritas.
Este sería el llamado líder, el portador de la auctoritas. Repito, podemos encontrarnos jefes (directivos, padres, obispos, generales, etc.) formales, que además son auctoritas. Dad gracias a Dios cuando eso ocurra. Se cumple el aforismo popular: “¿Quién te enriqueció? ¿Quién te dirigió?”.

Pero también nos encontraremos gentes a las que, sin ostentar poder sobre nosotros, seguiremos en los temas en los que creemos que son ejemplo, “autoridad”: “Pues Fulanito es una autoridad en tal materia”.

Incluimos a continuación un post de un blog por lo esclarecedor de estos términos, y valga una reflexión acerca de si le damos realmente importancia a la educación y al papel dificilísimo de los educadores.

La auctoritas y la gestión de equipos

A los romanos les debemos muchas cosas: el derecho y parte de la organización política son algunas de ellas. Fueron capaces, con unas comunicaciones pobres –¿cuánto se tardaba de punta a punta en recorrer el Imperio?– y con un ejército pequeño –¿qué porcentaje de población era militar respecto al total de población?– de mantener Europa unida bajo un único poder político. Y durante más tiempo que nadie.
Durante todo el Imperio romano, que abarcó desde la fundación de Roma hasta la caída de Constantinopla, hubo numerosas etapas, algunas francamente mejorables , pero otras muy interesantes. Yo prefiero quedarme con la época senatorial, en la que un romano prefería morir a faltar a su palabra o a perder el honor.

En esta época estaban muy en boga lo que llamaban los romanos “virtudes”. Distinguían entre dos tipos de virtudes: las personales, que cada uno debía cumplir en privado y en público, y las públicas, que eran aquellas virtudes que se esperaba que una sociedad tuviera.
Los individuos no tenían virtudes públicas, pero con sus elecciones personales sí eran responsables de que las sociedades en las que participaban tuvieran estas virtudes. Hablamos de justicia, libertad o paz.

De lo que vamos a hablar es de una virtud personal en particular, cuyo concepto desgraciadamente se ha perdido: es la auctoritas.

Auctoritas es la cualidad por la cual una persona se hacía merecedora del respeto de los que la rodeaban, a través de la experiencia y la realización plena y completa durante mucho tiempo de otras virtudes: la Pietas, y la Industria.
Pietas era el respeto por los valores sociales de la república y por la cultura; estos dos incluían el respeto por la Tríada Capitolina y los antepasados, como manifestación de la religion. Pero la Pietas no era apenas un respeto social o cultural: también exigía el respeto por los que te rodean.

Industria era la capacidad de trabajar duro durante toda la vida para obtener tus objetivos.
Por lo tanto, para tener auctoritas, un romano debía labrarse una historia personal de trabajo, esfuerzo, experiencia y respeto por una serie de valores, así como respeto por las personas. Podías tener poder –potestas– o incluso poder absoluto –imperium–, pero el hecho de tener potestas en ningún momento no aseguraba ni un ápice de auctoritas.

La forma de ganar auctoritas para los romanos que no participaban en el ejército era laboriosa y discreta, por lo que los ejemplos que pueda poner pueden escapar al imaginario cultural de la generación LOGSE. Pero en el caso militar, todos sabemos lo que hacían los generales para conseguir auctoritas: una vez que conseguían la potestas – es decir, que podían mandar–, seguían caminando con la tropa, iban a la batalla en línea de frente, comían con los soldados y eran un ejemplo para todo el ejército. Llegado a un punto, sus subordinados no lo seguían porque tuviese potestas, sino porque creían en él.
Era su ejemplo. Muchos militares de la gens Cornelia que anduvieron por España, o militares famosos como César –o, más recientemente, Napoleón– entendieron la importancia de la auctoritas.

Auctoritas es el hecho de que la gente te escucha y acepta lo que dices no porque tienes el poder, sino porque tú, personalmente, tienes todo un registro de trabajo duro, de esfuerzo, de respeto, de sacrificio y de conocimiento, que hace que la otra persona, que se siente respetada, piense: “si Fulanito lo dice, es porque es cierto”.
Actualmente, se escriben cientos de libros sobre gestión empresarial hablando del liderazgo. Pero el hecho triste es que todo esto es necesario porque hemos olvidado algo que nuestros antepasados sabían: auctoritas no es lo mismo que potestas. El hecho de que puedas dar órdenes no significa que alguien las vaya a obedecer. La gente hace algo bien si de buena fe cree en ello y en el que lo propone.

Por el látigo también se pueden conseguir algunos resultados: si tienes medios dictatoriales para forzar el cumplimiento de tus órdenes, las órdenes serán ejecutadas. Pero luego no llores diciendo que tus empleados o subordinados hacen mal las cosas, que se te van, que tienes una alta rotatividad, que no te fías de ellos o que no son proactivos –esto último es lo más gracioso. ¿No los has castrado antes ejerciendo tu poder de forma indiscriminada?–. Puedes tener potestas, pero ni sospechas de que sea la auctoritas.

¿Quieres tener auctoritas? Muestra que respetas y escuchas a los que te rodean. Adquiere conocimiento. Mucho. Demuestra trabajo duro, responsabilidad y respeto durante años. Y cuando adquieras la potestas, no solamente no debes perder todo esto, sino que, además, debes ser un ejemplo para todos.
Y verás como tus subordinados creerán en ti, y lucharán junto a ti por conseguir los objetivos.

David Santo Orcero es profesor asociado a tiempo parcial de la Universidad de Málaga, asesor estratégico y tecnológico de varias empresas y desarrollador de software libre.

FUENTES:
http://www.lasprovincias.es/valencia/20090916/
http://www.orcero.org/irbis/blog/?p=12
http://victorlustig.blogspot.com/2009/06/autorictas-dignitas-y-tinelli.html
http://www.pabloamez.com/2008/07/potestas-versus-autoritas.html