El maltrato podría afectar las funciones cerebrales...

En Harvard investigan el efecto de los golpes y los gritos en los niños.

"Deben cultivarse en la infancia preferentemente, los sentimientos de independencia y dignidad". -José Martí-

Una palmada, una bofetada o incluso un grito pueden provocar alteraciones significativas y permanentes en el cerebro infantil y derivar en problemas de conducta, según una nueva investigación del Hospital McLean, un centro psiquiátrico que depende de la Facultad de Medicina de Harvard, en los Estados Unidos.

El doctor Martin Teicher, que dirigió el estudio, señaló que hay pruebas de que los traumas emocionales de la infancia pueden causar deformaciones en zonas importantes del cerebro y ser causa de depresiones, ansiedad y otros trastornos.Bebé

"Nuestras experiencias van modelando el cerebro. Una experiencia adversa modela nuestro cerebro de otra manera", indicó Teicher.

"Comprobamos, por ejemplo, que el maltrato verbal es devastador".

Su equipo hizo centenares de tomografías de cerebro a chicos que habían ingresado en el hospital tras ser víctimas de abandono, violencia física o verbal, y las comparó con tomografías de niños que no habían pasado por experiencias similares.

Descubrieron que en los chicos que habían sufrido abandono o malos tratos, el cuerpo calloso -los nervios que comunican los dos hemisferios del cerebro y hacen las veces de principal vía de información entre ambos- era hasta un 40 por ciento más pequeño que el promedio.

Si el cuerpo calloso tiene un desarrollo inferior al normal, se inhibe la comunicación entre los dos hemisferios.

Por eso, un chico podría "quedarse" en un hemisferio en lugar de pasar con rapidez y facilidad de uno a otro, como es lo habitual.

El hemisferio izquierdo del cerebro controla la mitad derecha del cuerpo y es donde tienen lugar el pensamiento lógico y racional y el lenguaje.

El hemisferio derecho controla el lado izquierdo, y es donde reside el pensamiento creativo y emocional. Si se favorece uno en detrimento del otro, pueden producirse graves problemas.

"Muchas personas que superaron traumas infantiles pueden ponerse muy emocionales y carecer por completo de la guía lógica del lado izquierdo", explicó Teicher.

El doctor David Wood, experto en niños y adolescentes, indicó que este trabajo supone un gran paso adelante porque plantea cómo hay que tratar a los niños.

La investigación neurocientífica moderna se centra en la forma en que el cerebro experimenta cambios físicos en respuesta a estímulos externos.

"Hablamos sobre una compleja interacción entre la disposición genética y la experiencia", dijo Wood.

Peter Wilson, director de la organización de salud mental infantil Young Minds, dijo que la investigación moderna muestra qué vulnerables son los niños: Castigo

"Estamos descubriendo que el cerebro es un organismo que evoluciona, que en buena medida crece y se desarrolla durante la infancia. Y que reacciona al entorno".

"Estos hallazgos muestran qué fuertes son los efectos que las experiencias negativas tienen en la vida emocional de los niños y en su desarrollo".

Pruebas con animales indican que las neuronas reaccionan a algunas experiencias durante las primeras etapas del desarrollo.

La tensión en períodos importantes determina si ciertas zonas del cerebro crecen o se mueren.

Teicher considera que su trabajo apunta a nuevas terapias. Ciertas actividades -como tocar el piano- suponen una coordinación concentrada de los dos hemisferios del cerebro. Ello podría llevar a la regeneración de algunas zonas afectadas.

¡EDUCANDO!

No educas cuando...

No educas cuando impones tus convicciones, sino cuando suscitas convicciones personales.

No educas cuando impones conductas, sino cuando propones valores que motivan.

No educas cuando impones caminos, sino cuando enseñas a caminar.

No educas cuando impones el sometimiento, sino cuando despiertas el coraje de ser libres.

No educas cuando impones tus ideas, sino cuando fomentas la capacidad de pensar por cuenta propia.

No educas cuando impones el terror que aísla, sino cuando liberas el amor que acerca y comunica.

No educas cuando impones tu autoridad, sino cuando cultivas la autonomía del otro.

No educas cuando impones la uniformidad que adocena, sino cuando respetas la originalidad que diferencia.

No educas cuando impones la verdad, sino cuando enseñas a buscarla honestamente.

No educas cuando impones un castigo, sino cuando ayudas a aceptar una sanción.

No educas cuando impones disciplina, sino cuando formas personas responsables.

No educas cuando impones autoritariamente el respeto, sino cuando lo ganas con tu autoridad de persona respetable.

No educas cuando impones el miedo que paraliza, sino cuando logras la admiración que estimula.

No educas cuando impones información a la memoria, sino cuando muestras el sentido de la vida.

¿Qué es educar?

Toda educación se mueve en el binomio información-formación.

La información nos proporciona los conocimientos necesarios para manejarnos en la sociedad y conseguir una capacitación profesional que permita el desarrollo personal en el trabajo.

Uno de los fines del sistema educativo es formar administrativos, chóferes, médicos, informáticos, químicos, etc.

La información no se refiere solamente al aspecto profesional, sino también a la adquisición de habilidades y procedimientos de actuación, que permiten perfeccionar ciertas facultades humanas.

Por eso hablamos de educación sentimental, sexual, vial, cívica y de dominio de la voluntad.

Para un estudiante es importante la adquisición de técnicas de estudio, de procedimientos para desarrollar la memoria y dominar las técnicas de lectura rápida manteniendo la comprensión.

Pero la información sola no basta, hace falta que vaya acompañada de una orientación Esto es lo que llamamos formación.

Por ejemplo, en la educación sexual, no basta con conocer la anatomía, la fisiología del aparato reproductor y los mecanismos endocrinológicos del organismo.

Hace falta dar pautas de conducta que nos expliquen con claridad para qué sirve la sexualidad, su integración en la personalidad humana, su finalidad, etc.

La educación conduce a la formación de un hombre más maduro, más completo y más coherente. El hombre es maduro cuando alcanza un buen equilibrio personal entre sus facultades intelectuales, su cuerpo y sus relaciones sociales.

Es completo cuando sabe integrar diversas vertientes adecuadamente y es coherente cuando establece una armonía ente las ideas y la conducta, entre la teoría y la práctica. El hombre formado es más humano y más espiritual, más dueño de sí mismo.

En toda educación es importante la figura del educador (padre y profesor) y la tarea de autoformación del propio educando. El poder del educador depende menos de su palabra que de su ejemplo.

El chico necesita un modelo de identidad, una persona ejemplar a la que admirar y en quien aprender. Las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra.

Pero el agente principal de la educación es uno mismo, es la propia persona que formula y desarrolla su proyecto personal. Los medios para alcanzar los objetivos propuestos son dos: la motivación y el esfuerzo.

La motivación nos mueve a actuar y mediante el esfuerzo realizamos pequeños vencimientos concretos, repetidos una y otra vez, hasta conseguir el control de la propia conducta.

La importancia de educar en valoresPadre dialogando

Desarrollo:

Los niños deben aprender a diferenciar lo bueno de lo malo y sus padres ayudarlos a desarrollar una conciencia moral.

La familia es la primera escuela de la vida, y es en la misma que los padres intentan transmitir a sus hijos, a través de un ambiente de amor, los valores que creen forman a una persona buena, íntegra, coherente y capaz de estar en sociedad.

El dilema se presenta en el cómo lograr este objetivo tan amplio.

David Isaacs expresa en su libro "La educación de las virtudes humanas": "Creo que a todos los padres de familia les gustaría que sus hijos fueran ordenados, generosos, sinceros, responsables, etc.

Pero existe mucha diferencia entre un deseo difuso que queda reflejado en la palabra ojalá y un resultado deseado y previsto, y alcanzable.

Si la formación de los hijos en las virtudes humanas va a ser algo operativo, los padres tendrán que poner intencionalidad en su desarrollo. Para ello hace falta estar convencido de su importancia.

Hay que aprovechar la cotidianidad de la vida en familia, pero se necesita aumentar la intencionalidad respecto del desarrollo y reflexionar sobre dos aspectos: la intensidad con la que se vive y rectitud de los motivos al vivirla".

María Lourdes Majdalani, máster en Educación, directora del Centro para el Desarrollo Moral de Fundación Majdalani (www.fundacionmajdalani.org), explica cómo padres y docentes pueden fortalecer el desarrollo moral de los niños.

¿Cómo podemos hacer los padres para educar en valores?

Es muy importante el trabajo de los adultos (padres, educadores o cuidadores), que interactúan en la cotidianidad de la vida del niño.

Para que el niño desarrolle valores debemos lograr que conozca el bien, ame el bien y haga el bien. O sea que entienda los valores, que se adhiera afectiva y emocionalmente a los mismos y que fundamentalmente los manifieste en acciones.

El secreto es que los adultos fomenten hábitos operativos buenos en los niños, lo cual ayudará a que se adhieran afectivamente al valor.

Es importante tener en cuenta que el niño generalmente comienza por hacer pequeñas acciones en favor de los demás. Sólo cuando su pensamiento madure entenderá el concepto que encierra cada valor moral.

¿La familia es la primera escuela de valores?

¡Sí!, y la consigna es vivir los valores que se promulgan. Es importante que el hijo vea que los adultos hacen lo que dicen.

Si en casa llaman al padre por teléfono y él le dice a su hijo que conteste que no está, eso marca una conducta ambivalente.

Si el padre dice la verdad, trata con respeto a todo el mundo, desde el barrendero al presidente, no tira papeles en la calle, es respetuoso de las leyes, es más sencillo que el hijo entienda el mensaje.

Parece inalcanzable ser el padre perfecto

No idealicemos, el niño necesita padres fuertes, pero también humanos. Padres que se equivocan, que pueden pedir perdón o que tienen días malos. Podría pasar que un día el padre dijera "hoy no puedo, pero mañana sí".

Y entonces al día siguiente ese padre debe cumplir con su promesa, porque si no se convierte en alguien no confiable. Es importante tener en claro también el valor de los límites.

El límite cuida. El mensaje del límite es: "Constantemente te estoy cuidando, queriendo, estoy contigo".

¿Qué aspectos debemos tener en claro en el día a día?

Tanto en la escuela como en la casa, las reglas deben tener un sentido, y detrás de cada regla debe haber un valor que la haga consistente.

Es muy diferente pedirle a un hijo que ordene su cuarto porque va a ser más fácil encontrar los juguetes, a dar la orden sin explicaciones.

El niño asimilará el valor del orden porque la regla tiene algo que la sostiene. Prima así un orden social independientemente de lo que cada uno desee.

A esto se le llama disciplina moral, que se traduce en reglas determinadas.

¿Cuáles son los errores por revertir en la educación de hoy?

Nunca debemos rotular a la persona, la conducta es mejorable, la persona no. El verbo ser tiene mucho peso.

¿Por qué no cambiamos el "qué egoísta que eres" por "¿podrías ser más generosa?", tratando de rescatar el valor? Si toda la persona es mala, ¿qué espacio se le da para reparar?

Esto sucede mucho en la escuela, cuando se etiqueta a los niños con mala conducta. El mensaje debería ser: "Vosotros valéis igual, podéis cambiar esta acción".

Por otro lado, cuando emitimos juicios sobre el comportamiento de los niños, debemos hacerlo siempre basados en la intención y no en el resultado de los actos.

Muchas veces los niños juzgan por los resultados concretos; por eso es importante hacerles ver la intención.

Asimismo, las penitencias deberían ser la consecuencia de la acción del hijo y no la consecuencia del enojo del padre.

Si el niño rompe algo, debe colaborar en la reparación y no quedarse un mes sin tele. Así se educa en la autonomía moral.

¿Qué es el desarrollo moral?

El desarrollo moral es el proceso por el cual el niño logra hacer carne determinados hábitos o virtudes.

En este proceso es fundamental el rol de la conciencia moral, aquella voz interior que nos indica lo que está bien y lo que está mal.

La conciencia moral es parte del área cognitiva, pero está teñida de emoción. Por eso se vale de emociones morales como la culpa o el orgullo que le van indicando el rumbo.

Si siento culpa, puede ser que sea porque hice algo mal.

Al principio, la conciencia moral es muy rudimentaria y por momentos desproporcionada ante nuestras acciones.

Un niño puede sentir culpa por acciones que realizó sin intención de lastimar. Con el tiempo, la conciencia moral se va desarrollando y afinando cada vez más.

El programa de la Fundación Majdalani Educación en valores en la escuela trabaja desde el nivel inicial a lo largo de toda la escolaridad.

Los docentes cumplen un papel fundamental en la implementación y cada escuela analiza los valores que necesita su comunidad.

En Malargüe, Mendoza, el programa es de interés provincial y municipal, y de carácter obligatorio.

También se trabaja con los padres, como complemento del proyecto.

La directora de Educación de la Municipalidad de Malargüe, Verónica Bunsters, dice:

"La aplicación de ese programa incidió directamente en la vida de las familias de toda la comunidad. El haber sistematizado la educación en valores desde la escuela permitió fortalecer la acción educadora de la familia, que estuvo presente apoyando la iniciativa.

En el proyecto participaron 2.800 niños de 4 a 8 años que recibieron capacitación específica y tuvieron la responsabilidad de adaptar el material a la realidad de cada sala, de la mano de Lula, Uhupz, Caracol Lito, Diógenes y Dino, los "títeres" que le pusieron voz al proyecto".

Actitudes positivas

-Ponerse en el lugar del otro.

-Ser padre Contenedor, Modelo y Mentor.

-Focalizar sobre los juicios positivos.

-Darle importancia del problema del otro, a su escala.

-No descalificar lo que le pasa al otro. Validar su experiencia: le da mucha confianza.

-Generar el encuentro verdadero, una mirada el abrazo, un cuento, complicidad.

-Salir del propio punto de vista.

-Comprender al niño sin emitir juicios de valor.

-Atender a gestos y actitudes además de las palabras.

-Ayudar al niño a que nombre sus emociones.

-Dar atención y disciplina positiva: brindar apoyo de forma que resulte reconocido por el niño.

-Dedicar tiempo para hablar de las normas y valores, y por qué son importantes.

-Consejos para reprender a los niños cuando se portan mal
Es fácil caer en el maltrato cuando no se miden las reprimendas que se dan a los niños.

Reflexione sobre las causas que lo llevan a obrar así.

Falta de valores, hogares destruidos o recompuestos por parejas que tienen hijos de anteriores uniones e incluso el estrés producido por el desempleo y las exigencias de un mundo que cada vez va más rápido son algunas causas que, según los expertos, llevan a los adultos a maltratar a los niños.

¿Cómo no sucumbir a ellas?

¿Cómo no traspasar esa línea entre reprender para educar y maltratar?

Pareciera, por las noticias de los últimos días, que más padres no hubieran encontrado respuestas a estas preguntas.

Para algunos expertos no es posible decir que se recrudeció la violencia contra los niños hasta tanto no se compruebe con un estudio juicioso.

La psiquiatra Isabel Cuadros, quien lleva más de una década trabajando en el tema, está en el lado de los que sí creen que se incrementó la violencia "porque se bajó la guardia en la vigilancia y en las campañas de prevención y, en cambio, se está excitando más a las personas con mensajes violentos a través de programas de televisión y comerciales".

"Lo cierto es que sólo un cambio en la cultura logrará que se trate de otra forma a los niños", dijo Vittorio Cigoli, profesor de psicología de familia y de pareja de la Universidad de Turín (Italia), durante una conferencia en la Universidad del Rosario.

En su país se logró dicho cambio con un gran movimiento pedagógico y social desde los colegios y los medios de comunicación, especialmente la televisión.
Pero tardó 20 años.

"Ese cambio debe incluir educar a los adultos, para que mejoren sus relaciones con los menores y entre ellos mismos, pues los altos porcentajes de divorcios (entre 20 y 25% de los matrimonios) están llevando a la cultura occidental a tener familias reorganizadas".

Más vale prevenir…Familia

Las familias reorganizadas son aquellas que se constituyen con parejas que tienen hijos de matrimonios pasados.

Algunos expertos consideran que la falta de vínculos biológicos con los niños y la diferencia en el afecto al no ser hijos propios puede dar una mayor probabilidad de maltrato.

Por eso, aconsejan que antes de casarse por segunda vez se analice a la pareja:

¿Controla su rabia?

¿Utiliza constantemente un lenguaje relacionado con sexo?

¿Tiene prácticas sexuales que incomodan (fantasías con niños)?

"No se pueden satanizar esas familias, pero hay que tener en cuenta que los hogares recompuestos ya traen una historia de situaciones personales difíciles", asegura la doctora en filosofía y orientadora familiar Ana María Araujo.

Y a renglón seguido agrega: "Nadie pierde una familia dos o tres veces si no hay algún tipo de dificultad personal.

Habría que analizar los valores y los hábitos que estarían faltando en esas relaciones para desarrollarlos y así prevenir".

Entre los hábitos y valores que señala Araujo están el amor incondicional, respeto por el otro, pensar en el bien común y no en el propio y luchar por ser coherente con los valores que se tienen.

La terapeuta familiar María Eugenia Rosselli señala otros más: entender cómo es cada miembro de la familia, el papel que cumple en el hogar y, sobre todo, las etapas evolutivas de los niños para no generar expectativas muy altas sobre sus comportamientos.

Por ese desconocimiento, coinciden los expertos, es que se termina castigando a los niños por algo que hacen o dejan de hacer.

Y para no traspasar esa línea entre castigo y maltrato, cuando un niño está obrando mal lo mejor es respirar profundo, contar hasta diez y pensar qué haría si no fuera el hijo de uno sino de la mejor amiga.

"Seguro que uno no le daría una palmada, ni le diría groserías, ni lo amenazaría con el rejo o con sacarlo de la casa.

Entonces, ¿por qué hacerlo con el hijo de uno?", aconseja la psicóloga Sonia Mejía, quien realizó una investigación sobre crianza.

Lo que no debe olvidar a la hora de actuar

Dése cuenta del buen comportamiento de su hijo. Elógielo y recompénselo.

Déle amor y atención, como jugar un juego que les gusta o leerle su cuento favorito.

Hágale saber las cosas que a usted le gustan, por ejemplo, el que guarde los juguetes antes de sacar otros nuevos.

Escúchelo. Tome en serio lo que le dice. Si siente que no es escuchado hará lo que sea, incluso cosas negativas, para llamar su atención.

Déle mensajes claros. Haga peticiones simples, claras y que vayan al punto. Pida solo una cosa a la vez. Hable calmadamente y con voz firme. Sea consecuente y consistente.

Déle razones para sus decisiones. Por ejemplo: "Tienes cinco minutos para acabar tu juego y estar listo. Si no, vamos a comer tarde y no podrás descansar a tiempo".

Pida excusas si dijo o hizo algo de lo se arrepiente. Esto los enseña a decir: "lo siento".

NO HAGA

No le dé demasiada atención a un comportamiento que le disgusta. Tampoco lo ignore.

Sea breve, preciso y calmado. Describa lo que no le gusta y pídale al niño que lo haga bien.

Asegúrese de que el niño tenga clara la noción de límites; así será más fácil que se mantenga dentro de ellos.

No se acostumbre a los chantajes. No aprende autodisciplina si usted lo "chantajea" para que se comporte bien.

No use amenazas o gritos. Es mejor que haga lo que le pedimos porque entiende de lo que se le está hablando y no porque está asustado.

No lo ridiculice. No le diga cuan malo, estúpido, perezoso o tonto es o que no lo quiere.

No lo compare con otros. Cada niño experimenta el mundo de manera diferente, del mismo modo que los padres son diferentes.

Fuente: Save The Children, organización internacional que defiende los derechos de los niños.

Una cultura para la educación (José Antonio Marina):

A menudo una obra artística convoca a una serena reflexión.

Esto ocurre con la película Ser y tener, que ha activado en muchos países europeos debates acerca del reto de transmitir el saber, sobre qué, cómo y quién instruye.

La que sigue es nuestra contribución.

Estos días ando ocupado redactando un informe sobre la educación española para la revista Papeles de Economía.

Reviso datos de nuestro país y de nuestro entorno cultural. Hay un déficit de docentes, y su profesión está considerada de alto riesgo.

Enseñar se ha convertido en una misión imposible. Nadie está contento. Los profesores echan la culpa a los padres, los padres a los profesores, y ambos a la televisión.

Dejo los papeles, los datos, los testimonios y me voy al cine a ver una película titulada Ser y tener. Esta expresión tiene resonancias filosóficas y educativas.

Gabriel Marcel escribió una obra con ese título. Erich Fromm lo cambió ligeramente en uno de los libros:

¿Tener o ser?, y Edgar Faure publicó un conocido informe sobre educación, encargado por la UNESCO, bajo el título: Aprender a ser.

El propósito de todas estas obras era enseñar a valorar las personas por encima de las cosas. Un hombre vale lo que valen sus relaciones, y las relaciones de propiedad son las menos importantes.

Disfruté mucho con la película, que cuenta en tono tierno y divertido la historia de un maestro rural, en una de esas escuelas unitarias donde conviven alumnos de edades muy diferentes.

Es un documental que, por la habilidad con que está montado, se sigue con el interés y la emoción de una gran historia.

Durante la proyección, iba comparando lo que veía -una historia animosa, alegre, de plenitud personal, de implicación de las familias en la educación de los niños- con los informes y testimonios que acababa de leer.

En un momento de la película, los niños dicen que de mayores quieren ser maestros. Por su parte, el maestro está orgulloso de haber triunfado en la vida... por ser maestro.

Unas preguntas me daban vueltas.

¿Cómo es la realidad?

¿Como me dicen los maestros españoles o como me cuenta la película?

Por de pronto, en el cine se trata de una escuela rural, en plena naturaleza. Eso es lo que me ha sorprendido en la película, su naturalidad.

Por oposición, los datos, las imágenes que tengo de nuestras escuelas, me parecen muy poco naturales, forzados.

Una de las cosas más tristes que estamos haciendo es eliminar la infancia.

Hemos agrandado desmesuradamente la adolescencia/juventud, que ahora comienza a los diez años y termina a los treinta, pero hemos reducido dramáticamente la infancia.

Los niños juegan poco y reciben una información no filtrada, y ambas cosas han sucedido por primera vez en la historia del mundo.

Tener un hijo ya no es un acto natural sino el resultado de una consultoría.

Sin duda, la situación de la infancia en los países pobres es mucho peor, pero la diferencia estriba en que nosotros tenemos en teoría los medios para ayudarlos, para protegerlos, pero no acabamos de descubrir el modo de hacerlo.

La película, con su inquietante contraste con la realidad, me ha hecho dar muchas vueltas a la relación entre educación y cultura.

Tradicionalmente la función de la educación ha sido transmitir la cultura de una sociedad a las nuevas generaciones. Ha sido siempre un medio para conservar las soluciones aceptadas.

Pero ahora parece que la cultura que los adultos hemos creado no es apropiada para los niños, desnaturaliza la infancia.

Por eso, los padres y los docentes nos sentimos inermes. La causa no es que lo estemos haciendo mal, sino que la cultura que deberíamos transmitir a nuestros hijos es perturbadora.

En un cierto sentido, nunca han estado más protegidos los niños que como lo están en un país desarrollado.

¿De dónde viene entonces esa sensación de que están en peligro? No de los padres, ni de la escuela, sino de la cultura que nos envuelve a todos, y que es inhóspita también para todos.

Tal vez tendríamos que cambiar la dirección de este dinamismo, y en vez de hacer de la educación la transmisora de la cultura existente, necesitemos crear una cultura para la educación, un modo de vida que se pueda enseñar.

Algo así como diseñar un mundo en el que nos gustaría que los niños pudieran vivir.

Recuerdo cuánto me impresionó leer un libro de Margaret Mead sobre los arapesh, un pueblo de la Micronesia cuyo ideal de vida se resume en dos metas: hacer que crezcan bien los niños y el ñame, su principal alimento.

Todo su modo de vida está orientado a conseguir que los niños se sientan amorosamente recibidos, que se encuentren en casa en un mundo tan hostil.

Para lograrlo, han creado una cultura de solidaridad, buen humor y ternura. Al hacerlo, han hecho un mundo más humano y cálido. Y esto es lo que me interesa destacar.

Estudio con tenacidad profesional la historia y variación de los sentimientos. La estructura familiar, y todo su sistema de afectos, se ha visto alterada en los últimos cincuenta años por la necesaria liberación de la mujer.

Desde entonces hemos vivido un bricolaje familiar que intenta buscar un nuevo modo de estructura, de relación con un modo satisfactorio y estable de convivir.

Sospecho que la película Ser y tener es un síntoma de cambio. Acabo de leer en L'Express una entrevista con Elisabeth Badinter, que se muestra preocupada por lo que considera una amenaza para la situación femenina.

Teme que el alza de los valores maternales, la insistencia en las ventajas de la lactancia materna, o en la importancia de los primeros años, pueda utilizarse para encerrar de nuevo a las mujeres en casa.

"Se está volviendo -dice- al mito de la maternidad feliz. A hacer de ella el destino ideal de las mujeres, como si fuera la única vía a la felicidad. Esto es volver al siglo XIX".

Este despertar del deseo maternal parece extenderse por muchas naciones, aunque con importantes diferencias. En Dinamarca, el cincuenta por ciento de los niños los tienen mujeres que están voluntariamente solas.

El antiguo lema: "Hijos sí, maridos no" parece haber triunfado.

Me parece un momento importante para la reflexión. Por primera vez en la historia de la humanidad, las mujeres, al menos en los países desarrollados, han podido elegir voluntariamente ser madres.

Esto me parece un gran progreso ético. Pero ahora lo que necesitamos en ser capaces de hacer un mundo donde la maternidad no esté sujeta a tantos condicionamientos ideológicos, económicos y sociales.

Hay una razón por la que debemos cuidar el amor maternal. Con él entró en el mundo el amor, ese sentimiento paradójico que hace consistir mi felicidad en la felicidad de otra persona.

El gran antropólogo Iräeneus Eibl-Eibesfedt lo ha mostrado muy convincentemente. Después, encantados con ese sentimiento, hemos querido exportarlo a otras relaciones afectivas, por ejemplo, las de pareja.

Por eso, la ternura, que es sentimiento hacia la infancia, se ha ampliado a las relaciones sexuales y a los amores adultos. Esa "maternización de la realidad" nos ha mejorado.

Ahora, el endurecimiento de las relaciones, el individualismo feroz, la autosuficiencia, están refluyendo hacia el amor maternal y sometiéndole a confusiones y desánimos.

Sería terrible que se debilitara, o se proscribiera ese amor, que dio origen a lo más cálido de nuestros sentimientos. Y debería ser una tarea de todos protegerlo.

Sería una vuelta a los verdaderos orígenes de nuestra humanidad, pero manteniendo lo que hemos aprendido acerca de la igualdad de los sexos.

¿Cómo podríamos hacerlo? No lo sé, pero es cosa de pensarlo. Mientras tanto, les aconsejo que mediten en un viejo proverbio africano que expresa lo más sabio que he oído sobre educación:

"Para educar a un niño, hace falta la tribu entera". Estoy por cambiarlo: "Para educar a la tribu hace falta un niño al que cuidar".

¿Adónde van a parar los valores?

Hoy en día se plantea el reto de que una gran parte de la labor ética debe hacerse a escala de una comunidad mundial.

En las sociedades del conocimiento, nuestro problema no va a ser la pérdida de valores, sino el de la elección entre una multiplicidad de ellos.

¿Adónde van a parar los valores? Es legítimo que la UNUESCO, en su condición de organización que se esfuerza por arraigar valores de paz en la mente de los hombres, plantee esta pregunta en un momento en que el mundo parece atravesar por una crisis de valores sin precedentes.

Entre la impresión bastante extendida de que ya no hay valores, por un lado, y el retorno al orden moral que algunos esgrimen como una amenaza aquí y allá, por otro lado, todavía queda espacio para proceder a un análisis prospectivo.

En una obra que se acaba de publicar en francés bajo la dirección de Jérôme Bindé con el título "Où vont les valeurs?" (Albin Michel/Ediciones Unesco) y que consta de cincuenta ponencias de autores eminentes, presentadas en los Coloquios del Siglo XXI organizados por la Unesco, se proponen varios temas de reflexión sobre este particular.

En efecto, los valores perduran realmente, aunque no presenten la misma faz que antaño.

Es muy posible, además, que en la historia de la humanidad no haya habido nunca tantos valores como hoy en día, porque uno de los efectos más notables de la mundialización ha sido el de revelar la extraordinaria pluralidad de valores y culturas existentes en nuestro mundo.

Si actualmente hay una crisis de valores, no es tanto por su presunta desaparición como por el hecho de que no acertamos a orientarnos en un mundo de valores a veces contradictorios y de que estamos buscando un rumbo que seguir.

De ahí que la crisis por la que estamos atravesando no sea una crisis de los valores en sí, sino del sentido de éstos y de nuestra aptitud para gobernarnos y orientarnos.

Para abrir el debate sobre este tema, desearía plantear algunas preguntas insoslayables.

¿Se puede hablar de un crepúsculo de los valores? Las hipótesis que dan prioridad a la relatividad histórica y cultural de los valores han quebrantado la fe filosófica, religiosa y artística que había marcado con su impronta las certidumbres universalistas del siglo de las luces.

Sin embargo, cabe preguntarse si afirmar de entrada que los valores están en decadencia no equivale a olvidar precipitadamente que en muchas regiones del mundo las raíces tradicionales siguen sirviendo de base a referencias aparentemente estables, a partir de las cuales se organiza la vida en sociedad y se elabora el sentido de la existencia personal de los individuos.

Desde este punto de vista, se podría decir que la crisis de los valores no es universal. De ahí que la pregunta que debería plantearse en algunos países no sea tanto ¿adónde van a parar los valores?, sino más bien ¿adónde van a parar nuestros valores?

No obstante, en una época en la que se difunden las imágenes de unos y otros en las pantallas de todo el mundo y en la que aumenta la interdependencia de los países y los problemas, podemos preguntarnos también qué comunidad puede pretender mostrarse indiferente e impasible ante cualquier cuestionamiento de los valores, independientemente del lugar en que este se produzca.

Todas las culturas son iguales en dignidad y en cada una de ellas se plasma realmente una imagen concreta de la totalidad humana.

Todas las culturas deben ser respetadas, aunque esto no significa en modo alguno que se deba permitir cualquier clase de actos o justificar todo tipo de crímenes en nombre de la diversidad cultural.

Si hoy en día todos los valores coexisten, cabe preguntarse si vamos a presenciar una colisión entre un mundo que se construye sobre la base del rechazo de los valores ancestrales y otro mundo que se niega a aceptar ese rechazo, provocando así lo que podríamos llamar un choque entre los valores.

También podemos preguntarnos si, por el contrario, no vamos a presenciar un mestizaje o hibridación de los valores.

Podemos responder a estos interrogantes señalando que dentro de cada cultura hay individuos y grupos que distinguen lo justo de lo injusto y que, por lo tanto, efectúan evaluaciones.

Así, en distintos contextos culturales, todos los valores pueden ser evaluados, devaluados y reevaluados. Esto significa que los valores evolucionan, que pueden elaborarse en común y que pueden ser objeto de debates y contratos entre protagonistas muy diferentes a veces.

En esto estriba precisamente la diversidad creadora de las culturas humanas y el sentido de su pertenencia común a una humanidad única.

Hoy en día se plantea el reto de que una gran parte de la labor ética debe hacerse a escala de una comunidad mundial y de que la nueva orientación ética tiene que basarse en la noción del diálogo entre las culturas.

Ese diálogo se basa en la idea de que todas las culturas deben respetarse, mientras que los valores pueden ser objeto de una evaluación conjunta.

En estas condiciones, se podría prever que el futuro de los valores consistirá en una hibridación de la que surgirán nuevas síntesis como resultado del encuentro de pluralismos antiguos y actuales.

No obstante, incluso si esta hipótesis resultara cierta, podemos temer que los valores sean objeto de un juego especulativo.

En efecto, algunos han señalado ya que en un mundo dominado por la ley de la oferta y la demanda, nuestras concepciones de los valores morales o estéticos tienden a acercarse al modelo del valor bursátil, y que el fenómeno pasajero de la moda está invadiendo nuestra concepción de los valores.

En un mundo donde reina lo efímero, ¿cómo puede encontrar todavía el puesto que le corresponde un elemento tan fundamental como la educación, por ejemplo?

Es una paradoja extraña que, en un momento en que lo instantáneo se valora más que nunca, el surgimiento de las sociedades del conocimiento no sólo tienda a hacer que la educación para todos a lo largo de toda la vida sea un verdadero proyecto –y no un mero sueño–, sino que también apunte a prefigurar un nuevo dispositivo de valores duraderos que no serán reproducidos y recibidos exclusivamente, sino más bien creados y transmitidos.

También podemos preguntarnos sobre las consecuencias de las posibles evoluciones de los valores religiosos y espirituales, así como de la pujanza de nuevos valores políticos.

En efecto, mientras que la democracia representativa da la impresión de estar en crisis en muchos países, la democracia asociativa se halla en pleno auge.

Hay que preguntarse de qué valores son portadoras las nuevas redes de afinidad, alianza y comunicación que están surgiendo.

Asimismo, cabe preguntarse si nos dirigimos hacia una feminización de los valores, habida cuenta del declive de las estructuras patriarcales, o si vamos a presenciar el surgimiento de nuevos valores que tendrán que transmitirse a través de una educación pluridisciplinaria abierta a las múltiples culturas.

Este es el reto que se plantea al diálogo entre las civilizaciones y las culturas, que debemos fomentar a toda costa para evitar el ensimismamiento de las comunidades humanas del que tan a menudo han brotado malentendidos y conflictos.

También debemos estar vigilantes para evitar dos peligros: la erosión de la diversidad cultural y el aumento de las desigualdades.

En efecto, sobre el futuro de los valores pesa dramáticamente la enorme asimetría que se da en nuestro mundo actual, donde las tres cuartas partes de la humanidad se ven privadas del acceso al saber y donde millones de seres humanos son víctimas de las desigualdades generadas por la extrema pobreza.

En nuestra época de mundialización y auge de las nuevas tecnologías, el nuevo reto que se va a plantear es el de la preservación de la diversidad cultural.

Hoy en día, todavía se hablan unas seis mil lenguas en el mundo, pero es posible que su número se reduzca a la mitad de aquí a finales del siglo XXI.

Un riesgo idéntico amenaza al patrimonio cultural e inmaterial, que debemos tratar de conocer mejor a fin de preservarlo en calidad de bien común del conjunto de la humanidad.

Ante la erosión de la diversidad cultural, nuestro deber es elaborar una ética de la responsabilidad a fin de garantizar a todas las culturas condiciones viables para su existencia y su transmisión a las generaciones venideras.

La pérdida de sentido quizás sea solamente una ilusión. Sería necesario hablar más bien de desplazamiento de sentidos y de creación de nuevos sentidos.

Atrevámonos a apostar por el futuro: ¿por qué no han de ser el saber y su difusión los que logren echar los nuevos cimientos de los valores que todos anhelamos? En efecto, el saber consiste esencialmente en crear, renovar e intercambiar.

Es evidente que en las sociedades del conocimiento que están surgiendo no van a faltarnos valores, sino todo lo contrario. Nuestro problema no va a ser el de su pérdida, sino el de la elección entre una multiplicidad de ellos.

La vocación de la Unesco es suscitar y propiciar debates sobre todas estas cuestiones para poder redefinir los valores del mañana y preverlos. Plantear la pregunta ¿adónde van a parar los valores? responde fielmente a esa vocación.

Reflexiones de una madre (Opinión):

Celebrar el inicio del año se hace con el propósito de renovar esperanzas y retomar objetivos. Nos da la oportunidad única de volver a empezar, de creer que sí se puede y de volver a tener ilusiones.

También nos deja enseñanzas valiosas para un mejor futuro. Es imperioso que aprovechemos este inicio para ayudarnos a crecer como personas, padres y miembros de familia.

A mí el año nuevo me trajo el nacimiento de un nuevo miembro en la familia. Fue un evento maravilloso, donde está todo por hacerse. Vi a mi hijo asumir su paternidad con responsabilidad y mucho amor.

Creo que su papá y yo tenemos mucho que ver con esto, pues le dedicamos los mejores años de nuestras vidas y le dimos siempre lo mejor que pudimos. Fuimos ambiciosos, pero en el buen sentido de la palabra.

Hoy en día la ambición (según una nueva investigación que publicó la revista Time) tiene que ver con la persistencia y la constancia. Fuimos insistentes en exigir y dar, en tener rutinas, en aprender de nuestros errores.

Tuvimos dudas, como tienen muchos padres que están en este momento preguntándose si están haciéndolo bien o no con sus hijos, sobre todo cuando están necios o rebeldes.

La lección es que hay que persistir teniendo claro que no los podemos hacer felices a toda hora, pero que a largo plazo sí podemos tener metas que los hagan personas de bien y felices.

Son años en que toca mostrarles cuándo son inadecuados o cuándo no cumplen con sus deberes.

Tienen que vivir con las consecuencias de sus actos.

Tienen que pasar por momentos difíciles, donde se sienten perdidos, como lo es en la adolescencia.

Tienen que dar lo mejor de sí, aunque les cueste trabajo.

Son muchas las noches en que uno se desvela pensando en si hizo lo correcto. Es normal que los padres tengamos dudas y nos equivoquemos, pero lo importante es continuar dedicados a la labor y hacer siempre lo mejor que podamos.

Es necesario anotar aquí que el elemento "amor" se debe manifestar siempre en todo lo que hagamos como padres. Esto y una buena dosis de disciplina y constancia traen una buena cosecha.

Hay que hacer presencia pase lo que pase. Hay que estar ahí para los buenos y los malos momentos, para ayudarles a tomar decisiones sin imponerse.

Hay que verlos cometer errores y luego ayudarles a retomar el camino correcto. Hay que tener mucha paciencia, pero esa viene por el inmenso amor que les tenemos.

La crianza es una maravillosa aventura llena de altibajos donde nunca se puede perder el horizonte ni la esperanza. Créanme, "la constancia vence lo que la dicha no alcanza".

Otro dato importante para recordar es no penalizar los errores de manera excesiva, esto los desmotiva.

Los jóvenes con éxito y felices, tuvieron padres que les ayudaron a aprender de sus errores con consecuencias claras, pero nunca los dejaron hundirse en la equivocación.

Así que adelante hay un futuro promisorio para sus hijos, siempre y cuando se acuerden de que se debe perseverar y disfrutar al tiempo. Yo lo estoy viviendo en este momento, sintiendo un inmenso orgullo de madre, mezclado con una infinita ternura.

Las «141 preguntas» del Fórum 2.004 (72): «¿Se puede enseñar a vivir?»

José Antonio Marina, uno de los pensadores españoles más destacados de la actualidad, ha manifestado que la educación puede facilitar el acceso a la felicidad, elemento decisivo para llegar a entender que «vivimos bien».

Ha hecho un llamamiento «a una gigantesca movilización educativa» para que los que hoy son niños puedan contribuir a mejorar un mundo «que se gasta cantidades disparatadas en armas».

José Antonio Marina, catedrático de Filosofía, dedicado desde hace más de veinticinco años al estudio de la fenomenología, la psicología genética, la neurología y la lingüística, ha destacado hoy en el Escenario de la Haima que «no se puede ser feliz en un mundo donde se desprecie a las personas».

Tras destacar que «vivir bien» supone alcanzar las aspiraciones de salud, felicidad y dignidad, ha resaltado que la educación puede encaminarnos hacia la felicidad, elemento decisivo en torno al cual giran los demás anhelos.

A preguntas del numeroso público asistente al acto, subrayó que «debemos aprender que los grandes progresos de la humanidad se han conseguido mediante constantes movilizaciones sociales» y que, por tanto, es necesario hacer frente a las corrientes que intentan propagar el mensaje de que «nuestro comportamiento privado carece de repercusiones».

Por este motivo, ha hecho un llamamiento «a una gigantesca movilización educativa» para que los jóvenes del futuro más cercano puedan contribuir a mejorar un mundo «que se gasta cantidades disparatadas en armas:

Con 50.000 millones de dólares al año, el 10% del presupuesto militar de Estados Unidos, se podrían combatir las hambrunas y epidemias que asolan a los países del tercer mundo».

José Antonio Marina finalizó su intervención con un ruego: "eduquemos a los niños para formar buenas personas, no para obtener ingenieros".

La frase, puso punto y final a una celebrada participación en el espacio de las 141 preguntas, provocando que el público le despidiera con un largo aplauso.

Antes de finalizar, no obstante, José Antonio Marina había abordado cuestiones relacionadas con la infancia.

Afirmó que todos nacemos con unas facultades intelectuales y temperamentos concretos, y que los condicionantes genéticos son importantes «aunque no inmutables». Asimismo, dijo que hasta los 2 ó 3 años se puede actuar contra ciertas predisposiciones, pero con el paso del tiempo los cambios son más difíciles:

«Que un niño de 2 años sea muy activo no implica que a los 5 sea hostil; sin embargo, un niño que es hostil a los 5, probablemente lo será cuando tenga 10».

«Los cambios en el carácter son posibles, aunque complicados».

A propósito de la infancia, también señaló que «si carecemos de sentimientos, careceremos de valores», y añade que los niños nacen con un sentimiento confuso de bienestar y malestar que se precisa hacia los 18 meses, cuando «sienten espontáneamente el sentimiento de la compasión».

«Lo malo es cuando un niño de 4 años no siente compasión hacia los demás, puesto que en más del 50% de los casos, esta carencia indica la existencia de malos tratos».

Este filósofo y escritor ha matizado que «no somos nuestros sentimientos, sino nuestras conductas» y ha explicado que «la inteligencia es similar al póquer: nos dan mejores o peores cartas -mejor que sean buenas, claro-, pero como en el póquer, no siempre gana quien tiene buenas cartas, gana quien sabe jugarlas mejor».

Marina ha asegurado que el bebé nace esperando cuidado y caricias: «una de las expectativas más importantes del niño es ser bien acogido».

Contrario a que las madres lean demasiados libros sobre la infancia -«yo se los prohibiría porque acaban con sentimientos de culpabilidad»-, ha explicado que los niños necesitan «redes afectivas compactas».

En este sentido, ha reconocido que «lo más sabio que he oído respecto a esto es lo que dice un proverbio africano: para educar a un niño hace falta la tribu entera».

José Antonio Marina ha reconocido que las influencias familiares remiten a partir de los 10 ó 11 años puesto que de ahí en adelante cuenta mucho «el grupo de sus iguales», y se ha mostrado contrario a la idea de que los niños de ahora se enfrenten a contextos sociales peores que los de antes.

Tras destacar que lo más grandioso que ha hecho la humanidad, desde el punto de vista ético, ha sido el sistema de la seguridad social, seguido de la educación obligatoria o el sistema jurídico común, en el capítulo de las drogas, «lo más grave es lo que han heredado de sus abuelos.

El 40% de los accidentes de tráfico se deben al alcohol».

Catedrático de Filosofía y Doctor honoris causa por la Universidad Politécnica de Valencia, José Antonio Marina (Toledo, 1.939) se ha dedicado durante años al estudio de la teoría de la inteligencia, la fenomenología, la psicología genética, la neurología y la lingüística. En su prolífica obra reivindica el ingenio como un valor característico que diferencia al ser humano.

Con su primer libro, "Elogio y refutación del ingenio", (1.992), obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo y el Premio Nacional de Ensayo.

Es autor, entre otras obras, de "Ética para náufragos", "El misterio de la voluntad perdida", y "La selva del lenguaje".

Su creciente repercusión social le ha llevado a recibir numerosos galardones que le han convertido en uno de los pensadores españoles más sobresalientes.

En febrero de 2.004 colaboró con la Academia de Televisión para la elaboración de un informe sobre la creación de un Consejo Audiovisual de ámbito estatal.

Edificar una sociedad implica que se imparta una educación de calidad óptima a todos, pero esta sólo puede dispensarla un Estado dispuesto a acometer una gran reforma de la educación, que cubra desde los jardines de infantes hasta la universidad pública para beneficio de todos, pero, muy especialmente, para un alto porcentaje del país que es extremadamente pobre.

Para ello, resulta indispensable que se propongan nuevos modelos pedagógicos que conduzcan a adquirir los instrumentos intelectuales necesarios para enfrentar el reto que impone la globalidad.

En consecuencia, deberá volverse a la cultura del esfuerzo, que supone vencer el obstáculo de la pereza, recuperar la hondura de las disciplinas, el verdadero rigor académico, la ética del educador y su responsabilidad frente a la enseñanza.

La mediocridad y la insignificancia prosperan en todas partes, pero lo grave es que trepan, llegan, ahogan, desplazan y dominan. Más aún: se han puesto de moda.

Probablemente nos hemos quedado sin elites. Al parecer, el ascenso de lo insignificante mató a las elites y eso sí es grave.

Para ser dirigente no es suficiente manejar cuatro cifras y otras tantas ideas en torno del mercado y sus secretos especulativos. Para gobernar no es suficiente llenarse de aplausos en los estadios. ¡Es preciso saber"

El problema está en que la eximia mediocridad es repelente de la sabiduría, que implica conocimiento, pero, fundamentalmente, humildad.

Una de las explicaciones de la circunstancia que vivimos está en que lo excelente caducó, lo significante murió y en su lugar se constituyeron en referentes supremos la insignificancia y la mediocridad.

En las últimas décadas la cultura nos ha educado para el mundo de las facilidades. Lo fácil, lo rápido, lo inmediato. Ni esfuerzos ni desgastes ni sufrimientos.
Los obstáculos son problemas que ojalá pudiéramos eliminar de nuestras vidas.

No se educa para el manejo de los problemas o de los errores.

Las equivocaciones deben eliminarse como defectos que hacen daño. Los valores deberían ser el sustento de la democracia, de la ley y de los tratados.

Más aún: el mercado sin referentes ni convicciones es lo contrario de la competencia y de la libertad, que el sistema capitalista necesita, además de inversiones y de rentabilidad.

Es lo que Adam Smith llamó los "sentimientos morales", sin los cuales la ganancia pierde legitimidad.

Pero, además, por si todo esto no fuera suficiente, un nuevo factor se ha hecho carne en la sociedad: hemos perdido el sentido de la vergüenza, que se ha transformado en un sentimiento desconocido en la vida pública y privada.

Ya nadie se avergüenza de nada, y no debemos olvidar que el sentido de la vergüenza ha sido siempre la señal de existencia del sentimiento moral.

La caducidad de la vergüenza tiene que ver con la extendida creencia de que la ciudadanía es un conjunto de derechos ilimitados sin obligaciones correlativas, y que lo que caracteriza a la democracia, al mercado, al poder y a todo lo demás es la ausencia absoluta de deberes, ya que, si no hay deberes que cumplir, ¿de qué me puedo avergonzar?

Si no hay honor al que ajustar la vida, ¿por qué me puedo sonrojar? Si todo está permitido, ¿qué norma moral o jurídica no puedo violar?

Nuestros problemas son, principalmente, morales. La crisis de la legalidad y el derrumbe de las instituciones tienen como antecedente el sentimiento de desprecio a las reglas y el endiosamiento social de la viveza para burlarlas.

Se ha extendido la impresión de que la meta final es ganar como sea, eludiendo normas, avasallando los principios, "triunfando" sobre la ley.

Lo importante es asegurarse el éxito y protegerse de las responsabilidades. Es decir, obrar con impunidad y sin compromisos con nadie.

No puede haber Estado de Derecho si la actitud general de gobernantes y gobernados es considerar la ley como estorbo y a los principios como "cosas" de viejos.

No puede haber civilización y, menos aún, ciudadanía si la única guía de comportamientos y proyectos de tácticas y juegos de poder son los intereses, el ventajismo como institución y el enriquecimiento como dogma.

La autoridad no puede basarse exclusivamente en la fuerza o en la capacidad de intimidación. La ley no puede sustentarse sólo en el vacuo papel que expide el poder.

La democracia es una falsificación si no hay prestigio que la acompañe y legitime.

El código familiar de permisos

No hay un listado de permisos buenos y malos; tampoco existe un manual de permisos donde los padres puedan consultar; ni qué hablar de recetas seguras por las que guiarse.

Sin embargo, sí puede hablarse de un "acuerdo marco" o "principios generales" que servirán de base sobre el cual tomar decisiones al respecto.

Para lograr que la vida social de los hijos sea sensata, alegre y productiva en los tiempos que corren, se requiere invertir una buena cantidad de “horas-cerebro” para establecer los criterios con los cuales los padres manejarán el tema de los permisos.

En esta materia, “reglas claras” no sólo “conservan la amistad”; también evitan peleas innecesarias, presiones indebidas y arrepentimientos posteriores.

Escribimos este código familiar sobre permisos, con la asesoría de padres y educadores, pero le recordamos que aunque se tenga un conjunto de reglas básicas, cada hijo es diferente y esto hace que haya muchos matices en la aplicación de la ley.

Ley n° 1: “Todo permiso lleva asociado una carga educativa, pues emite señales que los hijos captan”.

Dar o no dar un permiso es una instancia educativa, ya que a través de ellos se les enseña a ejercer su libertad, a ser responsables, a formarse criterio en torno a los temas que van surgiendo al conversar sobre los permisos.

Resquicios: (o cómo el hijo pretende esquivar la ley) “¡Qué importa! ¡Qué tiene de malo!”

Aplicación de ley: Por lo mismo que es una herramienta educativa, se dará el caso de que a un hijo se autorizó a una edad ir a una discoteca, pero a otro, impulsivo, alocado, condicional en el colegio, ¡No! hasta que demuestre su madurez para ir sin ponerse en peligro.

Ley n° 2: “Los permisos son opinables, pero no son neutros”, pues a través de ellos se mandan signos a los hijos que les indican qué está bien y qué mal, qué es importante y qué no.

Por eso es que deben ser bien evaluados y pensados. Hay que aprender a conversar desapasionadamente, pensando en el bien del hijo y no en lo que todos hacen o lo que resulta más cómodo o menos conflictivo.

Requisitos previos: comunicación entre los padres y conocer bien al hijo, sus necesidades, sus reacciones...
Resquicios: “¡Todos lo hacen menos yo!”

Aplicación de la ley: Como los permisos son opinables, unos padres autorizarán y otros no, dependiendo de las circunstancias familiares y del hijo en cuestión.

Hay que saber que es muy raro que el hijo sea “el único” que no tiene permiso para algo y siempre hay forma de averiguarlo.

Sin embargo, algunas veces es bueno preguntar lo que otros padres han decidido para, sin dejarse llevar por lo que todos hacen, dar el permiso con mayor conocimiento o basándose en la experiencia de otros.

Ley n° 3: “Existe un conjunto de reglas establecidas, por acuerdo de padre y madre, que se han explicado a los hijos, antes de que éstos eleven pliegos de peticiones”.

Resquicios: “¡Tan cuadrados que son!”

Aplicaciones de la ley: Explicar a los hijos los dos tipos de reglas inamovibles que dicen relación con primero: Su seguridad física (ejemplo: no separarse del grupo en una fiesta abierta) y segundo: Los valores y creencias familiares, los que cada familia establece y sobre los que el hijo no puede discutir su conveniencia o su justicia.

Si el hijo sobrepasa esos límites, deberá atenerse a las consecuencias.

Ejemplos: no se hacen juntas en la casa si no están los padres; no se va a camping con un grupo de parejas y amigos; el alcohol de una fiesta se controla desde la cocina por los padres...

Ley n° 4: “Hay reglas que permiten concesiones porque dicen relación a principios secundarios o menos importantes”.

Resquicios: Cuando el hijo da razones de peso para hacer excepciones.

Aplicación de la ley: Si “nunca” se aloja afuera después de una fiesta, se hará una excepción si es en la casa de la mejor amiga y conocemos a sus padres.

Ley n° 5: “El permiso solicitado debe suponer un beneficio para el hijo que lo pide o al menos que no sea dañino”.

Hacer una sana vida social y aprender a relacionarse con otros es beneficioso. Por eso, si el panorama es bueno, ¡qué bueno! Pero si parece que un permiso puede significar un daño moral o físico para ese hijo, jamás concederlo.

Resquicios: “Por esta vez, será una excepción...”

Aplicación de la ley: Los padres tienen la obligación de cuidar la vida y el alma de sus hijos, por la que nunca se puede exponer voluntariamente a peligros ni ponerlos a ellos en situaciones que no sepan o no puedan manejar.

Por eso, hay que averiguar detalles como si en el “asado” estarán los padres en la casa, si hay venta de alcohol a menores en esa discoteca de verano, si los irá a buscar el papá del amigo (en quien se confía) o el amigo de la hermana que pasa tarde y con un poco de trago...

Ley n° 6: “El permiso no debe perjudicar el bien común”.

Si bien los padres deben sacrificarse por los hijos, hay que hacerlo con inteligencia, no como esclavos. Alguna vez el adolescente tendrá que ceder por el bien de los demás o de sus padres.

Resquicios: “¡Qué les cuesta!”

Aplicación de la ley: Para que los hijos aprendan a valorar el tiempo y esfuerzo que hacen los padres en organización, idas a dejar y buscar, etc., será bueno comentar todo lo que otros padres hacen por sus hijos, para que sepan ser agradecidos con los propios.

Ley n° 7: “Al conceder un permiso se debe evaluar la relación entre libertad y responsabilidad. Los permisos deben ser concedidos en forma gradual”.

No son un cheque en blanco, sino que son para ese hijo y en ese momento. Tal vez en otra oportunidad no será conveniente.

O más adelante sí se podrá autorizar. Los hijos deben ganarse los permisos. A mayor responsabilidad, mayor libertad.

Resquicios: “¿Por qué antes sí y ahora no?”

Aplicación de la ley: Dos ejemplos: Al responsable y maduro se le permite que llame por teléfono para decir con quién se vuelve; a la que se cambió de fiesta en la noche, no se le permite alojar fuera.

Ley n° 8: “Cada hijo es diferente”. Pueden existir permisos que no conlleven riesgo moral ni físico, pero que no sea conveniente para un hijo en particular.

Resquicios: “¿Por qué dejaste a mi hermano y a mí no? A la misma edad ustedes dejaban ir a mi hermana”.
Aplicación de la ley: Hay que explicar que en materia de permisos no existe la ley pareja.

Si por ejemplo, se busca que un hijo sea más responsable y dos veces no ha cumplido con la hora de llegada, se puede decidir no dejarle salir una vez para que vea que no se ha ganado el derecho a salir porque no ha sabido responder.

Ley n° 9: “Los padres tienen derecho a unos minutos tranquilos para decidir un permiso”. Nunca se puede conceder un permiso porque nos encontramos acorralados o presionados.

No se pueden permitir encerronas por parte de los hijos.

Resquicios: “Si no contesto ya, no puedo ir. Daros prisa, ¡me están esperando!”

Aplicación de la ley: Hay que prever situaciones -no doy permisos por teléfono celular desde una comida, por ejemplo- y exigir un tiempo para pensar un permiso. Nada de urgencias en este tema.

Ejemplo: se da permiso para ver una película y, por urgencia del hijo y presión de tiempo no se averigua su calificación. Si luego se sabe que no era conveniente... ya será demasiado tarde.

Ley n° 10: “La concesión de permisos no puede convertirse en una batalla campal”. Los padres no pueden dejarse arrastrar a una pelea, por eso, en lugar de ponerse a su misma altura y gritar, amenazar y caer en recriminaciones, será mejor contar hasta ¡100! si es necesario.

Resquicios: Gritos, llantos, insolencias, portazos...

Aplicación de la ley: Hay que trabajar en positivo, recalcando que lo que se hace es por el bien de ellos (no lo más cómodo o lo que todos hacen).

Hay que evitar que el hijo piense que todo es negociable y que depende de cuánto pueda presionar al papá o la mamá para obtenerlo.

¡Cuidado con el cansancio! ¡Cuidado con perder los estribos! porque después, para “hacer las paces”, muchas veces se cede en asuntos que en frío se habían visto inconvenientes.

Ley n° 11: “Los padres deben ser coherentes y consecuentes”, lo que en el tema de los permisos se traduce en que hay que tratar de llevar una vida relativamente parecida a la que se quiere para los hijos: cantidad y tipo de panoramas, toma de alcohol.

Resquicios: El joven tiene toda la razón de discutir la restricción que ponen sus padres si nota que ellos basan sus fines de semana en la vida social.

Podrá decir entonces: ¿Qué hay de malo en carretear si después duermo y me recupero?

Ley n° 12: “Conceder un permiso es ejercitar la autoridad dada por Dios a los padres para educar a los hijos”.

Los padres tienen el deber de ejercitar esa autoridad y no se puede ceder a la tentación de abdicar de ella pensando: “es una edad difícil, ya pasará...” Al contrario, hay que fomentar esa autoridad, ejerciéndola con firmeza.

Padre y madre deben discutir los permisos sin la presencia del hijo, para que éste no califique a uno de duro y al otro de blando, pues convertiría al primero en su enemigo y trataría de hacer del otro su cómplice.

Autoridad no es autoritarismo, ni leyes caprichosas, ni ser “cuadrados”. Es saber guiar convencidos del papel de padres, que educan mirando el bien del hijo.

“Charlie y la fábrica de chocolate”
Tenemos la capacidad de construirnos (en) una amorosa familia para recibir todo el afecto, cariño y comprensión que merecemos y donde podremos ser nosotros mismos.

La película “Charlie y la fábrica de chocolate” de Tim Burton está fielmente basada en un popular cuento de Roald Dahl escrito en 1.964.

Estrenada el 15 de julio de 2.005 ha merecido un notable éxito de difusión, que incluye una amplia reseña en la Wikipedia.

El imaginativo libro es un clásico de la literatura infantil (tras un film de culto titulado "Un mundo de fantasía" que no llegó a estrenarse en muchos países) se encomienda una segunda adaptación cinematográfica al aclamado director Tim Burton, quien aporta su estilo marcadamente soñador a la entrañable obra original.

El producto es una aleccionadora comedia sobre niños y para niños, que recuerda la esencia de lo que auténticamente significa ser un niño.

Se destina, oportunamente, a una infancia demasiado mimada en una época donde algunas familias parecen hechas de mal chocolate, pero no por su dulzura, sino por derretirse ante la menor calentura, como el palacio del sultán que aparece en la película.

La historia narra la vida de Charlie Bucket, un bondadoso niño de familia pobre que vive, junto a sus padres y cuatro abuelos en una vieja casa diminuta y destartalada, pero un verdadero hogar lleno de amor a la sombra de una descomunal fábrica de chocolate.

Desde hace casi quince años, nadie ha visto entrar o salir de la fábrica a un solo trabajador, y tampoco han visto a su extravagante propietario Willy Wonka.

A pesar de ello, incomprensiblemente, siguen elaborando grandes cantidades de chocolate que se exportan a todo el mundo.

Un día aparece un trascendental anuncio, invitando a la famosa fábrica a cinco afortunados niños que encuentren unos cupones dorados escondidos entre las chocolatinas…

Se describen, en forma de fábula caricaturesca, cuánto y cómo han malcriado algunos padres a sus repelentes hijos, tan ridículos como poseídos de sí mismos que apenas aprecian la maravilla de las alucinantes creaciones de Wonka.

Uno a uno, por su grosera personalidad glotona, competitiva, mezquina o sabelotodo adicto a los videojuegos abandonan la visita antes de que haya terminado. Cuando sólo queda el pequeño Charlie, Willy Wonka le ofrece ser su único heredero con una condición imposible que obliga a renunciar a Charlie.

Pero finalmente, ambos descubrirán que Charlie ya era un afortunado por algo, como la familia, que faltaba a Willy, quien recibe un regalo aún mucho más generoso que el mayor emporio comercial.

La moraleja de la película, quizás demasiado explícita pero apropiada para el público infantil, es un canto al hogar y al tesoro de una familia unida que, frecuentemente, florecen mejor entre los menos pudientes.

Son sublimes las escenas iniciales y finales. En las primeras puede verse el hogar de Charlie, donde la madre espera a su marido para ver si ha conseguido algo que mejore la aguada sopa de repollo.

En las últimas, Wonka puede apreciar el valor de una familia reunida, donde tres generaciones comparten la magia de un menú lleno de amor.

Quizá el momento supremo es cuando hasta el más pequeño de la casa, Charlie, reconoce con decidida valentía que nada es más sagrado que la familia.

Decididamente el chocolate atesora un regusto de familiar ternura.

Fuentes:
Jorge Alba
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http://matosas.typepad.com/educar
http://www.capitannemo.com.ar
La Vanguardia
Extraído de www.clarin.com
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"Cada día resulta más evidente que la Historia ha llegado a ser una carrera entre la educación y el desastre".
-H. G. Wells-

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