“Me he esmerado en no ridiculizar ni lamentar ni detestar las acciones humanas, sino en entenderlas”.

-Baruch de Spinoza-

"La humanidad ha abjurado del espíritu".

 

“Si el creyente es un farsante, el ateo lo es muchísimo más. El creyente es capaz de decir yo creo dirigiéndose sólo a su propia conciencia.

Pero cuando el ateo dice yo no creo se dirige siempre a un público. La Humanidad le ha vuelto la espalda a Dios y, desde entonces, anda más desquiciada que nunca.

Uno no acusa a la Humanidad de haberse dejado de dar golpes de pecho, ni de haber olvidado el agua bendita o el ir a misa o el rezar ante un Cristo…

De lo que uno acusa a la Humanidad es de haber abjurado de todas sus cualidades espirituales. Que es lo mismo que decir divinas".
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A uno le falta la fe, sí. Pero quizá para creer no sea la fe absolutamente necesaria.

Tener fe es masticar sin dientes. Se puede no tener fe y, sin embargo, creer.

Se puede no tener fe y, no obstante, llevar dentro, arraigado, letal, innato e inconmovible, el sentido de lo religioso.

Ser ateo es una moda, una epidemia, la tensión arterial del mundo.

Uno no sabe ya lo que es: si bueno, malo, inteligente, estúpido, ateo, creyente, romántico o realista. Pero uno siente agazapado en su corazón el sentido de lo religioso.

Por eso no es antirreligioso este libro. Por eso no está escrito contra las derechas. Por eso no va contra Dios.
¡Y, sin embargo, qué éxito sería escribir un libro humorístico contra Dios en una época en que la moda es volverle la espalda…! Reírse de Dios.

Prescindir de Dios. Negar a Dios. Esa es la tensión arterial del Mundo al acabar la guerra de 1914-1918.

Ser ateo es una moda, un esnobismo, una epidemia. Hoy, en cuanto un hombre tiene éxito en algo, uno de esos éxitos fugaces característicos de la época, el triunfador se organiza un banquete, se infla de vanidad, deja de saludar a las amistades y se hace ateo.

A los hombres actuales se les oye decir “yo no creo en Dios” con el mismo énfasis petulante con que afirman: “no hay una rubia que se me resista” o “yo sé jugar al 'hockey' sobre hielo”. Es una risa.

El ateo da risa y da lástima, como da risa y da lástima el hombre que asegura “no necesito de nada ni de nadie para vivir”.

Como dan risa y dan lástima, en fin, todos los fatuos, todos los engreídos, todos los que presumen de algo.

El hombre es una pobre criatura inerme y, sin embargo, cada vez es más soberbio y está más orgulloso de sí y prescinde más de todo apoyo y se siente más autónomo.

Es posible que Dios no sea necesario para vivir. Dios no va a influir, naturalmente, para que triunfe un credo político o para que un ejército venza a otro, o para que un ciudadano gane unas oposiciones a la Beneficencia Municipal.

Dios no va a influir para que a un niño se le cure la tosferina. (Eso no lo creen más que cuatro viejas de esas que se arman un lío para cruzar las calles).

Si el creyente es un farsante, el ateo lo es muchísimo más.

El creyente es capaz de decir yo creo dirigiéndose sólo a su propia conciencia. Pero cuando el ateo dice yo no creo se dirige siempre a un público.

La Humanidad le ha vuelto la espalda a Dios y, desde entonces, anda más desquiciada que nunca.

Pero al decir que la Humanidad le ha vuelto la espalda a Dios, uno no acusa a la Humanidad de haberse dejado de dar golpes de pecho, ni de haber olvidado el agua bendita o el ir a misa o el rezar ante un Cristo…

De lo que uno acusa a la Humanidad es de haber abjurado de todas sus cualidades espirituales. Que es lo mismo que decir “divinas”.

La Humanidad, al sacudirse el suave yugo del espíritu, ha caído bajo el yugo implacable del Destino.

¿Dónde está la resignación?

¿Dónde está la humildad?

¿Dónde está la confianza en sí mismo?

¿Dónde está la serenidad?

¿Y la alegría por la alegría?

¿Y el esfuerzo individual?

¿Dónde está el concepto riguroso del deber?

¿Y el no esperar más de lo que puede esperarse?
¿Dónde está, en fin, la sencillez? No se sabe dónde está, pero la verdad es que todo esto ha desaparecido del planeta.

La humanidad ha olvidado el camino que lleva a la dicha.

La Humanidad, desatada e impúdica, perdida la confianza en sí, sin concepto ya del deber, engreída, soberbia y fatua, llena de altiveces, dispuesta a no resignarse, frívola y frenética, olvidada de la serenidad y de la sencillez, ambiciosa y triste...

Reclamándole a la vida mucho más de lo que la vida puede dar, desposeída de esa alegría por la alegría que es el único camino de la dicha, corre enloquecida hacia la definitiva bancarrota.

Ya no hay un hombre que no proteste de algo: de que los políticos lo hacen mal, de que el camarero eche el café fuera del vaso, de que haya que circular por la derecha, de que la tinta de los periódicos manche, de que el camisero le pase una factura a últimos de mes, de que los novios se besen, de la organización general del Estado, de la trata de blancas, del Ayuntamiento, del clima, de las teorías de Laplace.

Todo molesta, todo fastidia, todo crispa.

¡Se es brusco!

A derecha e izquierda encuentra uno gentes que están a disgusto con su destino, que desdeñan lo que han logrado, que desean lo que no tienen y que, en el fondo, querrían que nadie tuviese nada.

Se respira descontento, se vive en plena desadaptación.
Todos los nervios están a flor de piel.

Se ha arrumbado la amabilidad. Hablar es discutir.
Discutir es pegarse. Se opina con el bastón y se razona con la pistola.

La palabra derecho sale de todas las bocas:

¡Yo tengo derecho!

¿Con qué derecho?

¡Defiendo mis derechos!

¡No hay derecho!

¡Estoy en mi derecho!

Perdida la confianza en sí mismo y en decadencia la virilidad, el hombre ya no lucha: pide. Y si le es posible, exige.

Y si se encuentra en condiciones, quita. Nadie, cuando se trata de prosperar, piensa ya en multiplicar su actividad, ni en aumentar sus conocimientos, ni en poner en juego las condiciones, innatas o adquiridas, de que disponga para el combate del Mundo.

El individualismo duro y heroico de otros tiempos ha sido sustituido por un colectivismo blando, cómodo, femenino y fácil.

Y cuando se trata de prosperar, el hombre actual busca el apoyo de los demás hombres que están en su caso, organiza un Sindicato y se dirige a los Poderes Públicos pidiendo esto o aquello.

¿Acceden los Poderes Públicos a la petición? A vivir hasta que llegue el momento de pedir otra cosa.

¿No acceden a la petición? Pues el hombre que deseaba prosperar y sus compañeros de ansias y de Sindicato se echan en brazos del sabotaje y se lían a tiros con la Policía.

A esto lo llaman los periódicos “el problema social”.

Al hombre se le ha sustituido por “el partido”.

La dignidad humana se ha trocado en “el triunfo electoral”.

El libre albedrío se ha convertido en “la sociedad de resistencia”.

El individuo ha pasado a ser la masa; y la iniciativa personal se ha transformado en “el comité”.

El hombre se ha vuelto cobarde para afrontar la vida solo.

El hombre, que se ha vuelto cobarde para afrontar la vida él solo y de cara, se ha vuelto valiente para hacerse pistolero en pandilla.

Todos creen tener razón en un momento histórico que se caracteriza, precisamente, por la falta de razón de todos.

Todos amenazan: el obrero con la huelga, el Gobierno con los fusiles, el patrono con el despido, el hijo con el abandono, el padre con el Reformatorio, la hija con la fuga con el novio, la esposa con el divorcio, el marido con irse al extranjero, el catedrático con el suspenso y el alumno con no entrar en clase y romper los bancos.
Cada cual es rey de sí mismo y aspira a ser emperador de los demás.

Todo el mundo está engreído y es soberbio y sabe más que el de al lado, y es más guapo, más inteligente, más fuerte y más ingenioso.

Todo el mundo aconseja, no por bondad y desprendimiento, sino porque el consejo lleva implícita la inferioridad del aconsejado.

La Humanidad, descentrada, puesta de espaldas a todas las cualidades espirituales, desdeñosa de lo estimulante y de lo consolador, y enfrentada con todos los materialismos perturbadores y entristecedores, ha perdido la perspicacia de ver dentro de sí...

No sabe a qué achacar su mal sabor de boca y se revuelve contra esto y aquello, sedienta de venganza y convencida de que debe haber “alguien” o “algo” culpable de que ella no se encuentre a gusto.

Esta indignación es para la Humanidad un goce, porque para un miserable siempre es un placer el poder injuriar.

Y la Humanidad recurre a esa indignación para hacerse la vida soportable.

Todo el mundo se aborrece y murmura y calumnia, y cada individuo se atrinchera en sí mismo para poder descargar su odio sobre los demás.

El bueno es tonto; el malo, un monstruo; el que oculta la verdad, un hipócrita; el que la hace ostensible, un cínico. Un hombre que vive solo es un egoísta, pero al que sostiene a una familia dilatada se le tacha de pobre diablo.

Al que triunfa se le considera como un bandido o un farsante y al que fracasa, como un miserable o un incapaz. El que ultraja es un canalla, pero el que se deja ultrajar es un cobarde.

Si estás de acuerdo con los demás dirán que eres tonto...

Si les compadeces te llamarán fatuo y engreído...

Si les discutes te odiarán, pero si te burlas de ellos con sarcasmos y risas afirmarán que eres un amargado.
Rico, te despreciarán por burgués; pobre, te despreciarán por inútil.

Si tratas bien a las mujeres eres un ingenuo; si las tratas mal eres un chulo.

Si te separas de la mujer con quien vives jurarán que ella se ha ido con otro; si no te separas dirán que “el otro” entra en tu casa.

Para la Humanidad, en fin, el hombre, cuando va con una mujer, es un cornudo; cuando va con otro hombre es un pederasta y cuando va solo es un onanista.

Todo es odio, rivalidad, furia, bilis y ácido clorhídrico. La vieja ataraxia no cuenta con un solo representante entre la Humanidad de hoy, que ha logrado, sin embargo, millares de representantes para las máquinas “Singer”, la salsa “Perrin’s” y los billares “Brunswick”.

Nadie ya, ni los más viejos, goza de aquella tranquila serenidad, cantada por Epícteto, que proporciona al espíritu el haber llegado a lo profundo de los impulsos, de los sentimientos, de las pasiones.

En lugar de llegar a lo profundo de las pasiones, de los impulsos y de los sentimientos para extraer la serenidad del alma y la sonrisa de la comprensión, el hombre actual se conforma con llegar al fondo de los mares y de las minas para sacar a la superficie esponjas y buzos, carbón de piedra y cucarachas.

Y a esto el hombre lo llama civilización y progreso.
¡Bueno!

Un viento de insensatez agita las arboledas del mundo
La ambición sin medida está en su pleno éxito.

Ya todo el mundo quiere ser rico y poderoso, y fumarse unos puros de sesenta centímetros, provistos de una sortija de platino, y conducir un automóvil de cinco metros y medio, provisto de un bar americano, y tener una querida de un metro setenta y cinco provista de tres muslos.

Ya el ideal es hacerse famoso en una sola noche. Y llegar a ser un escritor genial sin escribir una línea. Y conseguir millones apretando un botón eléctrico. Y en suma: vivir sin luchar; conseguir el resultado máximo con el esfuerzo mínimo.

Un viento de insensatez, de estupidez, de desequilibrio, de locura y de incongruencia agita las arboledas del Mundo, y todo tiene consecuencias inesperadas y absurdas.

Los partidos de fútbol acaban en batallas campales.

Un juego de tute concluye con una discusión política.
Las turbas se lanzan a la calle a derribar al Gobierno y derriban un tranvía.

Al mes de luchar como tigres los ejércitos de dos naciones, se hace saber, que la guerra entre esas dos naciones no ha sido aún declarada.

Mientras los tronos se derrumban y la realeza parece ser odiada por todo el mundo, nace la moda de nombrar cada día una reina nueva: “reina de la belleza”, “reina de las modistillas”, “reina de las taquimecanógrafas rubias”, “reina de las...”.

Se dictan y se ponen en vigor “leyes secas”, para evitar la criminalidad, y por causa de esas leyes, la criminalidad aumenta en un 500 por 100.

Se lucha, se trabaja y se muere por perfeccionar el motor de explosión de los aeroplanos y cuando está perfeccionado, se empieza a volar sin motor.

Se consigue construir trasatlánticos como palacios donde toda comodidad, todo progreso, todo refinamiento se pueden disfrutar sin bajar a tierra, y entonces surgen docenas de “navegantes solitarios”, que atraviesan los océanos en barcas de pescadores luchando contra los elementos como el hombre primitivo o como Robinsón Crusoe.

Todo el mundo habla de paz y todo el mundo se prepara para la guerra.

En fin, ¡LA HUMANIDAD ESTÁ COMO UNA…!

La humanidad es más repugnante y más despreciable cada día.

La humanidad da asco...

Y lo más triste es que uno pertenece a la Humanidad. ¡Qué pena tan grande! (Pausa) EL AUTOR LLORA…
(Dejémosle llorar al pobrecito).

El autor (Enjugándose las lágrimas):

- En resumen, señores, ni contra las derechas ni contra las izuierdas ni contra Dios. De ir contra alguien este libro, va contra la Humanidad.

¡Y ya es bastante!
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Madrid-España-Europa.

- Se escribió este libro en los días que van desde el 2 de marzo al 12 de junio, o, para que resulte más republicano: desde el 2 de ventoso al 12 de pradial. Año 1932.

Enrique Jardiel Poncela, La “tourné” de Dios.

Fuente:
http://israelnava.com
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"El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad".
-Víctor Hugo-
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