"Esto prometo: ejercer mi medicina y no apartarme de ella mientras Dios me consienta ejercerla, y refutar todas las falsas medicinas y doctrinas.

Después, amar a los enfermos...

a cada uno de ellos más que si de mi propio cuerpo se tratara.

No cerrar los ojos y orientarme por ellos, ni dar medicamentos sin comprenderlo, ni aceptar dinero sin ganarlo.

No confiarme en ningún boticario ni entregar ningún niño a la violencia.

No llorar, sino saber..."

(Paracelso, escritos años 1537/41).

I Lo primero es mejorar la salud.

Para ello hay que respirar con la mayor frecuencia posible, honda y rítmicamente, llenando bien los pulmones, al aire libre o asomado a una ventana.

Beber diariamente, en pequeños sorbos, dos litros de agua, comer muchas frutas, masticar los alimentos del modo más perfecto posible, evitar el alcohol, el tabaco y las medicinas, a menos que estuvieras, por alguna causa grave, sometido a un tratamiento.

Bañarte diariamente es un hábito que debes a tu propia dignidad.

II Desterrar absolutamente de tu ánimo, por más motivos que existan, toda idea de pesimismo, rencor, odio, tedio, tristeza, venganza y pobreza.

Huir como de la peste de toda ocasión de tratar a personas maldicientes, viciosas, ruines, murmuradoras, indolentes, chismosas, vanidosas o vulgares, e inferiores por natural bajeza de entendimiento o por tópicos sensualistas, que forman la base de sus discursos u ocupaciones.

La observancia de esta regla es de importancia decisiva: se trata de cambiar la espiritual contextura de tu alma.

Es el único medio de cambiar tu destino, pues este depende de nuestros actos y pensamientos.

¡El azar no existe!

Imagen de Paracelso

"Aquel que puede curar enfermedades es médico.

Ni los emperadores, ni los papas, ni los colegas, ni las escuelas superiores pueden crear médicos.

Pueden conferir privilegios y hacer que una persona que no es médico aparezca como si lo fuera; pueden darle permiso para matar, pero no pueden darle el poder de sanar; no pueden hacerle médico verdadero si no ha sido ya ordenado por Dios.

El verdadero médico no se jacta de su habilidad ni alaba sus medicinas, ni procura monopolizar el derecho de explotar al enfermo, pues sabe que la obra ha de alabar al maestro y no el maestro a la obra.

Hay un conocimiento que deriva del hombre y otro que deriva de Dios por medio de la luz de la Naturaleza.

¡El que no ha nacido para médico nunca lo será!

El médico debe ser leal y caritativo.

El egoísta muy poco hará en favor de sus enfermos.

Conocer las experiencias de los demás es muy útil para un médico, pero toda la ciencia de los libros no basta para hacer médico a un hombre, a menos que lo sea ya por naturaleza.

Sólo Dios da la sabiduría médica".

El hombre es triple: pertenece al mundo visible por su cuerpo físico, al mundo sideral por su cuerpo astral, y al mundo espiritual por su alma inmortal o Mens.

El alma humana (no condicionada por las imperfecciones y defectos psicológicos) posee en sí todas las ciencias en estado latente.

Quien se conoce a sí mismo conoce implícitamente a Dios.

Para él el universo es un perpetuo flujo y reflujo de vida, que pasa por el hombre para ir de Dios a las cosas y de las cosas a Dios.



Paracelso se muestra fiel a la ortodoxia alquímica, con los tres principios (sal, azufre y mercurio) y los cuatro elementos, si bien esta teoría la desarrolló más ampliamente para provecho de las siguientes generaciones.

Según él, a partir del Yliaster, primera materia, surgen dos principios: uno negativo, femenino y pasivo; otro positivo, masculino y activo.

Del encuentro de ambos surge el Caos, el Hyle, la materia primitiva que es el génesis de todo lo creado.

Gracias a la luz, surgen de allí los cuatro elementos, y a partir de ese momento los diferentes seres que pueblan el universo.

Paracelso dio de manera velada la fórmula para la creación de la piedra filosofal...

Paracelso, el príncipe de los alquimistas
No hubo rama del saber médico en la cual no fuera un adelantado a su tiempo.

A su destacado lugar en la historia de la ciencia añade el mérito de ser una de las mayores personalidades de la tradición ocultista occidental.

En su concepto del mundo, la magia es la llave maestra que nos permite acceder a otras dimensiones de una Creación con múltiples niveles de realidad, en la cual los principios y fuerzas espirituales presiden el universo material y permiten explicarlo.



Phillipus Aureolus Teofrasto Bombasto eligió, de entrada, la vocación profética de la denuncia y la pugna con los poderes de su tiempo.

La adopción del nombre con que firmaba sus obras, Paracelso (alternativa a Celso) fue ya toda una declaración de principios.

Por si no alcanzara, el día inaugural de su cátedra en Basilea empezó por subirse a la palestra para quemar las obras de las autoridades intocables de la medicina de su tiempo: Celso, Rhazes, Avicena y Galeno.

Su guerra contra el orden establecido se expresó siempre de la forma más radical: dictaba sus lecciones en alemán vulgar, desdeñando el latín académico, y declaraba que sus colegas torturaban y mataban a los pacientes con terapias inadecuadas.

Tampoco le ayudó a hacer amigos su afirmación de que había aprendido más de las curanderas y barberos sacamuelas que de los médicos y profesores en las aulas.

Para desesperación de sus enemigos, este místico iluminado de carácter apasionado fue una de las mentes científicas más vigorosas de su tiempo, un investigador infatigable de la Naturaleza y un Iniciado de primera línea.

Experto en alquimia, cábala y astrología también alcanzaría un lugar de privilegio en la tradición mágica europea.

Paracelso nació en 1493 en Einsiedeln, cerca de Zúrich.

La casa familiar, junto al río Sihl, se conserva y aún puede ser visitada.

Su padre, Guillermo Bombasto de Hohenheim, ejercía la medicina y su madre murió durante el parto o poco después del nacimiento de su único hijo.

Muy pronto, el médico viudo empezó a hacerse acompañar por el niño en sus visitas diarias y, en sus ratos libres, también le enseñó los rudimentos del latín y la ciencia de las plantas.

De los nombres recibidos en el bautismo, nunca usará el primero (Felipe), aunque sí el de Teofrasto (etimológicamente, «el que da a conocer a Dios»).

El nombre por el cual pasará a la posteridad (Paracelso) lo eligió de estudiante, como signo de su oposición a la tradición médica que veía en Celso a una autoridad intocable.

También utilizó el pseudónimo de «Helvetius Ercinita».

Sus admiradores le llamaban «Lutero de la Medicina», y sus detractores «Cacofrasto».
Abel Martín Illán

Fuentes:
http://www.elmistico.com.ar
http://club.telepolis.com
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"No hay religión, filosofía o ciencia más elevada que la verdad, y esta no es propiedad de nadie, excepto del espíritu libre que está dentro de todos nosotros"
(Paracelso).

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