"Vivir sin filosofar es, propiamente, tener los ojos cerrados, sin tratar de abrirlos jamás" (René Descartes).

¿No deberían hablar más los filósofos que los economistas?

 

Esta es la pregunta que lanza Juan José Millás, en su artículo del "Levante –EMV– " del miércoles, 4 de febrero de 2009.

Todos los lugares físicos representan, sin excepción, un espacio moral. La cueva metaforiza una cosa y el desierto otra.

Lo mismo podríamos decir de la selva o del mar. No podemos instalarnos en un sitio sin atribuirle inmediatamente connotaciones anímicas.

No huele igual mi casa que la de mi vecino porque el aliento moral que impera en cada una es diferente.

Todo tiene un alma. La de las palabras, por ejemplo, es su significado.

Si se lo quitas, el término más hermoso del idioma deviene en una mera sucesión de sonidos.

Lo físico y lo anímico (lo mental, si ustedes prefieren llamarlo de ese modo) se trenzan de una manera diabólica.

Pero lo anímico se vehicula siempre a través de lo físico (¿a través de qué, si no?).

La crisis empieza a configurarse como un sitio infernal en el que acechan seres desconocidos u olvidados.

Al principio, se hablaba de ella como de un ciclo inherente al sistema.

Para sobrevivir, bastaba, pues, con aguantar un poco la respiración, ya que tarde o temprano saldríamos de nuevo a flote, veríamos la luz.

La supervivencia resultaría, desde luego, más fácil para quien tuviera mayor capacidad pulmonar o dispusiera de botellas de oxígeno.

Pero para aquellos a quienes faltara el aire antes de tiempo, ahí estaba el Estado, que disponía de reservas casi ilimitadas.

No había que ponerse dramático, en fin, sino cubrirse mientras pasaba el chaparrón.

El asunto era duro, pero controlable. En lo que la crisis tenía de alma («la economía es también un estado de ánimo», dijo el presidente), deberíamos tratarla con fortaleza de espíritu, sin entregarnos.

Bien, después de Davos, da la impresión de que este desastre no se corresponde exactamente con uno de esos ciclos del capitalismo irresponsable (y perdón por la redundancia), sino que hemos colocado el pie en un espacio nuevo, como cuando descubrimos América (espacio anímico por excelencia).

No sabemos nada de este lugar denominado Crisis, pero ignoramos, sobre todo, si tiene puerta de salida.

Lo que sí parece evidente es que se trata, una vez más, de un espacio moral de cuyo significado tampoco estamos muy seguros.

FilósofosEn tal situación, ¿no deberían hablar más los filósofos que los economistas?

Levante –EMV– miércoles, 4 de febrero de 2009
Juan José Millás

LA FILOSOFÍA: EL FILÓSOFO
En este terreno no pretendemos ser originales, sino simplemente nuevos; mientras lo original busca diferir de lo conocido, lo nuevo da vida una y otra vez a los mismos valores esenciales.

Por eso Nueva Acrópolis define la FILOSOFÍA como siempre se ha hecho, como "amor a la sabiduría", como una necesidad impostergable de alcanzar aquello que nos falta, como la búsqueda de un conocimiento profundo que satisfaga realmente las más agudas inquietudes humanas.

Nuevamente, lejos de la originalidad, seguimos a Platón para explicar las características de esa sabiduría que constituye la esencia de la filosofía.

Esta sabiduría es una totalidad, una cúspide que se alcanza a través de un conocimiento inteligentemente dirigido, y que va desde el extremo de la ignorancia hasta la plenitud del saber.

El conocimiento avanza paulatinamente y no debe detenerse en el penoso término medio de la opinión que, creyendo saber, expone arbitrariamente como verdades las que no pasan de ser apreciaciones incompletas.

El filósofo no es un sabio, no posee aún el tesoro de la sabiduría, sino que tan solo la busca, va tras ella incansablemente.

No se conforma con el variado campo de las opiniones intelectuales: a medida que va conociendo, se va transformando; su conocimiento, al llegar al fondo de las cosas, se convierte en un estilo de vida.

Vive una "filosofía activa", es decir, que piensa, siente y actúa de una manera acorde.

El camino de la sabiduría se traduce, pues, en acción, mística y conocimiento.

No en vano enseñaban los antiguos maestros que la senda del discipulado estaba señalada por tres virtudes: investigación, devoción y servicio.

De lo anterior se desprende que el filósofo es un buscador, un explorador conciente de la vida, es un discípulo en vías de formación y ha dejado atrás las vacías estructuras del simple estudiante que se conforma con la instrucción.

¿Qué busca el filósofo? ¿Cuál es el alcance de la filosofía?

El filósofo lo busca todo, la sabiduría total, y de allí que el alcance de la filosofía sea tan amplio como la necesidad de saber que mueve al hombre.

El anhelo de comprensión de un universo global desprecia el conocimiento fragmentado, la especialización en partes que supone la ignorancia de las otras.

Por eso, la filosofía acropolitana suele aparecer ante los ojos del público como un extenso y multicolor mosaico que, muchas veces, desconcierta al que no comprende el criterio que vale como punto de partida: la variedad de temas es una respuesta a una inmensa sed de sabiduría y es la expresión de los mil caminos que llegan por igual a la misma meta.

Las actuales mutilaciones de la filosofía están movidas por oscuras corrientes de opinión, que cercenan así este estilo de vida para el cual nunca deben quedar rincones oscuros.

Es lógico preguntarse cómo reconocer el camino de la sabiduría sin caer en falsas interpretaciones, a qué fuentes recurrir para tener la certeza de la autenticidad.

La sabiduría es, en este caso, similar a esa corriente energética que domina todo el cosmos y que llamamos vida.

Y así como la vida se transmite y va de cuerpo en cuerpo, la sabiduría se transmite y toma cuerpo de tiempo en tiempo.

La larga cadena de sabios que en el mundo han sido llenan la Historia, destacándose por su profundidad y por la reiteración con que todos ellos han incidido en las mismas verdades.

Son los que dan respuestas contundentes, no siempre absolutamente "racionales", pero siempre perfectamente comprensibles y asimilables, como el agua para el sediento.

Son los que exigen lo más difícil y en mayor cantidad; son los que nos alejan de los espejismos de la materia y nos obligan a volver la mirada hacia nuestro propio interior; son los que destrozan la vanidad humana con la sabiduría divina.

¿A qué soñar maestros cuando ellos existen en realidad y es fácil reconocerlos?

Son los que no complican el conocimiento para que parezca más verdadero; la simplicidad es característica de la verdad.

Son los que no imaginan que evolucionan porque manejan una terminología exótica, o porque logran extrañas posturas con el cuerpo, o porque enmudecen bajo la máscara de la meditación.

Son los que indican que todas esas cosas existen, pero deben conquistarse más allá de las farsas, con el mismo o mayor esfuerzo con que se conquistan cosas menos válidas y más burdas.Pitágoras

No hace falta fingir suficiencia, desprendiéndose de la necesidad de maestros; nada más terrible que sentirse solo en un camino que se conoce poco; nada más terrible que disimular la cobardía con ínfulas de liberación.

La situación actual
Sin excedernos en una prolongada descripción de causas, creemos que la pérdida de la sabiduría profunda ha desembocado en el estado actual de crisis que padece la Humanidad.

Crisis no es una ruptura, aunque lo parezca aparentemente: es el gozne de un ángulo, el momento álgido en un cambio de dirección.

La crisis se establece en el gozne entre un pasado que ya no responde a las necesidades humanas y un futuro que todavía no se conoce.

La crisis se plantea como inmovilismo o revolución, como tradición sin contenido o destrucción injustificada sin miras a una reconstrucción.

La crisis oscila entre el ayer y el mañana, pero olvidándose del hoy que, por muy breve e ilusorio que sea, requiere una base de apoyo y una finalidad como meta.

Por ello, la filosofía acropolitana propone una natural ansiedad de futuro, pero sin caer en devaneos fantásticos; y un fundamento en el pasado sin caer en melancolías estériles.

Los males contra los cuales hay que batallar en el día de hoy son lo bastante poderosos como para no prolongar indefinida e innecesariamente esta crisis.

Una cosa es cambiar de sentido en un momento crucial de la Historia, y otra es pasarse toda la vida girando...

Hoy se imponen la angustia, el temor y la desesperación como respuestas a la ignorancia, la falta de principios y de fines.

Hoy se imponen el ateísmo, la impiedad y la creciente insensibilización como respuesta al materialismo, que también es otra forma de ignorancia.

Hoy se impone la violencia, como cáncer degenerado de un valor que falta a todas luces.

Hoy se impone el fanatismo a falta de idealismo: ya no existe la fidelidad por las propias ideas, sino la destrucción de los que no piensan del mismo modo que uno.

Indudablemente, la razón ha muerto... Y no nos contentamos con el olor a muerto.

Pretendemos hallar otra forma de razón, superior, naturalmente, más sensible, fina y amplia, para suplir los viejos esquemas intelectuales, ya vencidos e inútiles.

Algunas soluciones
Es evidente que ante la crisis de nuestro mundo, debemos proponer un mundo nuevo y mejor.

Cuando decimos "nuevo", no queremos significar que estos valores no hayan existido antes, alguna otra vez, sino que hoy son pocos los que se atreven a vivirlos.

Cuando decimos "mejor", no es porque hoy no haya nada bueno, sino porque aun lo bueno debe ser perfeccionado.

Pero este mundo nuevo y mejor no puede construirse sin un hombre nuevo que sea su célula esencial.

Soñamos al hombre nuevo como un auténtico hombre, como aquel que ha superado las limitaciones humanas y ha ganado el contacto directo con lo divino.

¿Y cómo ha de ser ese hombre nuevo?

Ha de poseer la llave maestra que abre todas las puertas de la evolución: es la fuerza de voluntad, una voluntad sana, fuerte y bien dirigida.

Ha de aplicar en todo momento la máxima del "conócete a ti mismo", dominando la angustia de no conseguir aquello que se quiere ser, o bien de no saber exactamente lo que se quiere ser.

Ha de ser formado a través de una correcta educación, es decir, la que permite "educir" los valores internos y expresarlos adecuadamente en lo externo.

Esta educación es la que lleva a la sabiduría y, mientras llega, nuestro hombre nuevo ha de ser un filósofo.

Esto significa que, además de un buscador de la verdad, ha de ser un plasmador concreto de los mejores ideales que va captando; no olvidará nunca que, en la medida en que el hombre mejora, el mundo mejora.

Ha de tener claros los conceptos de guerra y amor que, por supuesto, no son sinónimos de terror y blandura respectivamente.

Ha de batallar consigo mismo y ha de desarrollar amor por los demás.

Ha de tener un fuerte sentido del compromiso; lejos de huir de las responsabilidades de su mundo y de su momento, las asumirá con plena conciencia, seguro de que es mil veces preferible un error cometido con buena voluntad que la abstinencia de acción egoísta, que tampoco está desprovista de errores.

Ha de vivir intensamente su juventud de alma; no será un simple aventurero amante de cambios y situaciones peligrosas, sino que pondrá todo su entusiasmo en cada una de sus acciones, sus sentimientos, pensamientos, en su fe y voluntad.

Nueva Acrópolis se propone como "un ideal fuerte para jóvenes fuertes": un ideal fuerte por su contenido de eternidad; unos seres fuertes por la vivencia de su juventud interior.

Nueva Acrópolis pretende construir en el interior de cada hombre una "ciudad alta" hecha con ladrillos de Historia; se trata de hacer Historia y no de mirarla correr.

Se trata de una superación no egoísta, en que se busca ser mejor para servir a los demás, en que se busca saber para enseñar.

Nueva Acrópolis es una energía del futuro. El hecho de tomar fuerzas en los mejores ideales del pasado y del presente no nos detiene ni atrás ni en la actualidad.
Buscamos, precisamente, lo bueno de ayer y de hoy para lanzarnos hacia el futuro. Creemos en el futuro.

Nueva Acrópolis tiene sabor de eternidad. No vamos detrás de lo temporal, que es simplemente duradero, sino tras lo atemporal, que es eterno.

Somos atemporales.

Con inspiración atemporal y ambición de futuro, abrimos una puerta para llegar al destino, aunque no sea mañana mismo.

Las cosas fundamentales no se miden en tiempo, sino en realidades.

No llegaremos mañana... pero todo mañana empieza hoy.

Y es hoy cuando hacemos sonar este clarín tan particular: los suyos son viejos sonidos que han vibrado cientos de veces en los oídos de los hombres sensibles; los suyos son nuevos sonidos que vienen a marcar un rumbo hacia las estrellas interiores, las que se recortan en ese trozo de cielo que ahora llamamos Hombre.
Delia Steinberg Guzmán

Fuentes:
http://www.nueva-acropolis.org.ar
http://filosofiaenaldaia.blogspot.com
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"Filosofía es la búsqueda de la verdad como medida de lo que el hombre debe hacer y como norma para su conducta" (Sócrates).

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