La humildad es una de las principales virtudes que el ser humano debe tener arraigada en su cuerpo, mente y alma.

Si mantienes esa convicción, siempre serás bien recibido en cualquier lugar y en todo momento de tu vida. 

La pasión es otra de las virtudes con las cuales debe vivir el ser humano, toda vez que si tienes ese espíritu de pasión por todas las actividades que realices, gozarás de un único y gran privilegio propio:

El hacer las cosas con amor, con entrega, con dedicación, con empeño, con enjundia, y los resultados serán benéficos y de gran gozo.

El conocimiento es una de las más elevadas virtudes que el ser humano debe conseguir y esforzarse por continuar adquiriendo día a día.

De esa manera, te convertirás en sabio y no habrá absolutamente nada que te detenga para alcanzar tus propósitos, convirtiendo así lo imposible en posible, lo difícil en fácil y lo inexplicable en explicable.

La excelencia no cualquier hombre la conoce; sólo aquellos que son sabios han tenido ese honor de conocerla y haber tratado con ella.

Para encontrarla es necesario tener un conocimiento amplio y preciso, pero hay algo muy importante:

Después de haberla acogido con gran ímpetu, es imposible hacerla a un lado; más bien, comenzamos a vivir con ella y nos acostumbramos a llevarla en nuestras venas como una adicción, para bienestar de nosotros mismos.

El éxito: después de haber conocido la excelencia, éste llega como un relámpago veloz y sin avisar.

Se da como la hierba, que crece y crece día a día. Así es el éxito: crecerá en ti, en todo momento de tu vida.

El triunfo se alcanza con toda la facilidad del mundo cuando ya has conocido el éxito.

Este se convierte en algo muy común y te acostumbras a vivir con él, pero ¡cuidado!

Si descuidas los cimientos con que fue construido, se derrumba en un abrir y cerrar de ojos, reduciéndose a rescoldos bajo cenizas.

Por esa razón, nunca pero nunca jamás en tu vida, olvides quién eres, adónde vas y adónde quieres llegar, y cuando hayas llegado, recuerda que estás donde te encuentras por una virtud que te llevó allí, y esa es la humildad.

¿Adónde van a parar los valores?

Hoy en día se plantea el reto de que una gran parte de la labor ética debe hacerse a escala de una comunidad mundial.

En las sociedades del conocimiento, nuestro problema no va a ser la pérdida de valores, sino el de la elección entre una multiplicidad de ellos.

¿Adónde van a parar los valores?

Es legítimo que la Unesco, en su condición de organización que se esfuerza por arraigar valores de paz en la mente de los hombres, plantee esta pregunta en un momento en que el mundo parece atravesar por una crisis de valores sin precedentes.

Entre la impresión bastante extendida de que ya no hay valores, por un lado, y el retorno al orden moral que algunos esgrimen como una amenaza aquí y allá, por otro lado, todavía queda espacio para proceder a un análisis prospectivo.

En una obra que se acaba de publicar en francés bajo la dirección de Jérôme Bindé con el título "Où vont les valeurs?" (Albin Michel / Ediciones Unesco) y que consta de cincuenta ponencias de autores eminentes presentadas en los Coloquios del Siglo XXI organizados por la Unesco, se proponen varios temas de reflexión sobre este particular.

En efecto, los valores perduran realmente, aunque no presenten la misma faz que antaño.

Es muy posible, además, que en la historia de la humanidad no haya habido nunca tantos valores como hoy en día, porque uno de los efectos más notables de la mundialización ha sido el de revelar la extraordinaria pluralidad de valores y culturas existentes en nuestro mundo.

Si actualmente hay una crisis de valores, no es tanto por su presunta desaparición como por el hecho de que no acertamos a orientarnos en un mundo de valores a veces contradictorios y de que estamos buscando un rumbo a seguir.

De ahí que la crisis por la que estamos atravesando no sea una crisis de los valores en sí, sino del sentido de éstos y de nuestra aptitud para gobernarnos y orientarnos.

Para abrir el debate sobre este tema, desearía plantear algunas preguntas insoslayables.

¿Se puede hablar de un crepúsculo de los valores?

Las hipótesis que dan prioridad a la relatividad histórica y cultural de los valores han quebrantado la fe filosófica, religiosa y artística que había marcado con su impronta las certidumbres universalistas del siglo de las luces.

Sin embargo, cabe preguntarse si afirmar de entrada que los valores están en decadencia no equivale a olvidar precipitadamente que en muchas regiones del mundo las raíces tradicionales siguen sirviendo de base a referencias aparentemente estables, a partir de las cuales se organiza la vida en sociedad y se elabora el sentido de la existencia personal de los individuos.

Desde este punto de vista, se podría decir que la crisis de los valores no es universal.

De ahí que la pregunta que debería plantearse en algunos países no sea tanto ¿adónde van a parar los valores?, sino más bien ¿adónde van a parar nuestros valores?

No obstante, en una época en la que se difunden las imágenes de unos y otros en las pantallas de todo el mundo y en la que aumenta la interdependencia de los países y los problemas, podemos preguntarnos también qué comunidad puede pretender mostrarse indiferente e impasible ante cualquier cuestionamiento de los valores, independientemente del lugar en que éste se produzca.

Todas las culturas son iguales en dignidad y en cada una de ellas se plasma realmente una imagen concreta de la totalidad humana.

Todas las culturas deben ser respetadas, aunque esto no significa en modo alguno que se deba permitir cualquier clase de actos o justificar todo tipo de crímenes en nombre de la diversidad cultural.

Si hoy en día todos los valores coexisten, cabe preguntarse si vamos a presenciar una colisión entre un mundo que se construye sobre la base del rechazo de los valores ancestrales y otro mundo que se niega a aceptar ese rechazo, provocando así lo que podríamos llamar un choque entre los valores.

También podemos preguntarnos si, por el contrario, no vamos a presenciar un mestizaje o hibridación de los valores.

Podemos responder a estos interrogantes señalando que dentro de cada cultura hay individuos y grupos que distinguen lo justo de lo injusto y que, por lo tanto, efectúan evaluaciones.

Así, en distintos contextos culturales, todos los valores pueden ser evaluados, devaluados y reevaluados.

Esto significa que los valores evolucionan, que pueden elaborarse en común y que pueden ser objeto de debates y contratos entre protagonistas muy diferentes a veces.

En esto estriba precisamente la diversidad creadora de las culturas humanas y el sentido de su pertenencia común a una humanidad única.

Hoy en día se plantea el reto de que una gran parte de la labor ética debe hacerse a escala de una comunidad mundial y de que la nueva orientación ética tiene que basarse en la noción del diálogo entre las culturas.

Ese diálogo se basa en la idea de que todas las culturas deben respetarse, mientras que los valores pueden ser objeto de una evaluación conjunta.

En estas condiciones, se podría prever que el futuro de los valores consistirá en una hibridación de la que surgirán nuevas síntesis como resultado del encuentro de pluralismos antiguos y actuales.

No obstante, incluso si esta hipótesis resultara cierta, podemos temer que los valores sean objeto de un juego especulativo.

En efecto, algunos han señalado ya que en un mundo dominado por la ley de la oferta y la demanda nuestras concepciones de los valores morales o estéticos tiende a acercarse al modelo del valor bursátil, y que el fenómeno pasajero de la moda está invadiendo nuestra concepción de los valores.

En un mundo donde reina lo efímero, ¿cómo puede encontrar todavía el puesto que le corresponde un elemento tan fundamental como la educación, por ejemplo?

Es una paradoja extraña que, en un momento en que lo instantáneo se valora más que nunca, el surgimiento de las sociedades del conocimiento no sólo tienda a hacer que la educación para todos a lo largo de toda la vida sea un verdadero proyecto –y no un mero sueño–, sino que también apunte a prefigurar un nuevo dispositivo de valores duraderos que no serán reproducidos y recibidos exclusivamente, sino más bien creados y transmitidos.

También podemos preguntarnos sobre las consecuencias de las posibles evoluciones de los valores religiosos y espirituales, así como de la pujanza de nuevos valores políticos.

En efecto, mientras que la democracia representativa da la impresión de estar en crisis en muchos países, la democracia asociativa se halla en pleno auge.

Hay que preguntarse de qué valores son portadoras las nuevas redes de afinidad, alianza y comunicación que están surgiendo.

Asimismo, cabe preguntarse si nos dirigimos hacia una "feminización" de los valores, habida cuenta del declive de las estructuras patriarcales, o si vamos a presenciar el surgimiento de nuevos valores que tendrán que transmitirse a través de una educación pluridisciplinaria abierta a las múltiples culturas.

Éste es el reto que se plantea al diálogo entre las civilizaciones y las culturas, que debemos fomentar a toda costa para evitar el ensimismamiento de las comunidades humanas del que tan a menudo han brotado malentendidos y conflictos.

También debemos estar vigilantes para evitar dos peligros: la erosión de la diversidad cultural y el aumento de las desigualdades.

En efecto, sobre el futuro de los valores pesa dramáticamente la enorme asimetría que se da en nuestro mundo actual, donde las tres cuartas partes de la humanidad se ven privadas del acceso al saber y donde millones de seres humanos son víctimas de las desigualdades generadas por la extrema pobreza.

En nuestra época de mundialización y auge de las nuevas tecnologías, el nuevo reto que se va a plantear es el de la preservación de la diversidad cultural.

Hoy en día, todavía se hablan unas seis mil lenguas en el mundo, pero es posible que su número se reduzca a la mitad de aquí a finales del siglo XXI.

Un riesgo idéntico amenaza al patrimonio cultural e inmaterial, que debemos tratar de conocer mejor a fin de preservarlo en calidad de bien común del conjunto de la humanidad.

Ante la erosión de la diversidad cultural, nuestro deber es elaborar una ética de la responsabilidad a fin de garantizar a todas las culturas condiciones viables para su existencia y su transmisión a las generaciones venideras.

La pérdida de sentido quizás sea solamente una ilusión. Sería necesario hablar más bien de desplazamiento de sentidos y de creación de nuevos sentidos.

Atrevámonos a apostar por el futuro: ¿por qué no han de ser el saber y su difusión los que logren echar los nuevos cimientos de los valores que todos anhelamos?

En efecto, el saber consiste esencialmente en crear, renovar e intercambiar.

Es evidente que en las sociedades del conocimiento que están surgiendo no van a faltarnos valores, sino todo lo contrario.

Nuestro problema no va a ser el de su pérdida, sino el de la elección entre una multiplicidad de ellos.

La vocación de la Unesco es suscitar y propiciar debates sobre todas estas cuestiones para poder redefinir los valores del mañana y preverlos.

Plantear la pregunta ¿adónde van a parar los valores? responde fielmente a esa vocación.

Por Koichiro Matsuura, Director General de la Unesco

Fuente:
http://matosas.typepad.com
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"En realidad, no importa que la mayoría de la humanidad no sea creyente, no pasa nada. Lo que pasa es que la mayoría ha perdido o ha hecho caso omiso de los valores humanos más preciados: la compasión y el sentido de la responsabilidad. Eso es lo que nos preocupa"
(El Dalai Lama).

 

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