¿Qué son y para qué sirven los valores? Podríamos afirmar que un valor es la convicción razonada de que algo es bueno o malo, y de que nos conviene o no nos conviene.

Estas convicciones o criterios se organizan en la mente de tal modo que determinan nuestras preferencias o, lo que es lo mismo, nuestra particular escala de valores. En este sentido, los valores son indicativos de la personalidad del individuo, así como del tipo de formación moral que ha recibido a través de la sociedad, la familia, la escuela, etc. La asimilación de estos valores morales requiere un período de aprendizaje porque, una vez interiorizados, deben constituir las pautas que rijan nuestro comportamiento y toma de decisiones.

Cuando una persona se compromete fielmente con los valores elegidos da muestras de madurez y goza de la armonía personal que puede conducirlo hacia la felicidad. Por el contrario, muchas de las frustraciones y desengaños de la vida se deben a la carencia de valores, de pautas de conducta que faciliten el hallazgo del camino correcto, o bien al incumplimiento de los valores adquiridos. Cualquiera de estas dos circunstancias provoca el vacío existencial y, en definitiva, la infelicidad. Existen buen número de valores que pueden contribuir al enriquecimiento del ser humano y a su equilibrio personal y social, si bien el valor principal, incluido en todos los restantes, es siempre el compromiso con el bien, con aquellas actitudes que puedan contribuir a una mayor humanización.

Y es que, en realidad, ser “humano” implica ya disponer de una serie de valores que son propios de su misma naturaleza. Entendemos que los valores constituyen algo muy personal, que no pueden fijarse normas establecidas. Todo valor, por personal que parezca, ayuda también a mejorar las relaciones sociales en la medida en que permite encontrarnos más a gusto con nosotros mismos. Y, viceversa, aquellos valores que pueden aplicarse al trato con los demás son igualmente útiles para nuestra propia persona. De hecho, para estar cómodo con quienes nos rodean, primero debemos aceptarnos a nosotros mismos, y siendo “amables” con nuestros semejantes, recibiremos igual trato de ellos -y si no, ellos se lo pierden-.

Por último, no olvidemos que los valores sirven también para despejar los principales interrogantes de la vida: ¿Quiénes somos?, ¿cuáles son nuestros objetivos?, ¿qué esperan los demás de nosotros…? En ese sentido, los valores constituyen claves para encaminar hacia buen rumbo la constante búsqueda de la felicidad.

DISCERNIMIENTO: Un aspecto fundamental es deslindar lo que depende de uno y lo que no. Por lo general, pensamos que los otros son los que nos hacen infelices, los que nos hacen enfadar, los que nos limitan, los que nos oprimen. ¡Cuidado!, como personas, tenemos la responsabilidad de todo lo que hacemos, así resulte benéfico o perjudicial. Así que no culpes a los demás por lo que piensas, sientes o haces. Renunciar a la elección y a dejar que otros elijan por ti no es responsabilidad de ellos, sino tuya.

Por tanto, es fundamental que asumas tu vida haciéndote cargo de lo que sucede, y si algo no te gusta, entonces, ¡cámbialo! Aprender a reconocer lo que es profundo o superficial, positivo o negativo, nuestro o de otro, trascendente o vano, egoísta o generoso es el medio para afirmar con sabiduría nuestra voluntad y dejar que se realice nuestro ser humano interior, nuestro ser Verdaderamente Humano. Sin discernimiento no hay elección, y sin ella tampoco habrá libertad.

AUTOCOMPROMISO: Cuando sabes lo que quieres y cuáles son tus valores debes comprometerte contigo mismo, serte fiel, no fallarte y entender que amarte no significa que no habrás de esforzarte. Aprender a amarte y a descubrir el amor en toda la naturaleza, es un proceso de evolución y de despertar de conciencia que implica esfuerzo, y esfuerzo significa incorporar una nueva forma de energía que hasta ahora te era desconocida. Esto es siempre positivo, te permite realizarte y te hace feliz.

ACERCA DEL “EGO”: Tener verdadero éxito en la vida es: reír mucho y muchas veces; ganar el respeto de personas inteligentes; gozar del cariño de los niños. Ganar el reconocimiento de personas cualificadas y saber soportar la traición de falsos amigos; apreciar la belleza; buscar lo mejor en los demás; dejar el mundo un poco mejor de como lo encontramos… Saber que al menos, alguien ha vivido un poco mejor gracias a ti. Recuerda la clase de sentimiento que experimentas cuando alguien te elogia, cuando te ves aprobado, aceptado, aplaudido...

Y compáralo con el sentimiento que brota en tu interior cuando contemplas la salida o la puesta del sol, o la naturaleza en general, o cuando lees un libro o ves una película que te gustan de veras. Trata de revivir este último sentimiento y compáralo con el primero, el producido por el hecho de ser elogiado. Comprende que este primer tipo de sentimiento proviene de tu propia “glorificación” y “promoción” y es un sentimiento mundano, mientras que el segundo proviene de tu propia realización y es un sentimiento anímico. Veamos otro contraste: recuerda la clase de sentimiento que experimentas cuando obtienes algún éxito, cuando consigues algo que anhelabas, cuando “llegas arriba”, cuando vences en una partida, en una apuesta o en una discusión.

Compáralo con el sentimiento que te invade cuando disfrutas realmente con tu trabajo, cuando de veras te absorbe por entero la tarea que desempeñas. Y observa, una vez más, la diferencia cualitativa que existe entre el sentimiento mundano y el sentimiento anímico. Y todavía otro contraste más: recuerda lo que sentías cuando tenías poder, cuando tú eras el jefe y la gente te respetaba y acataba tus órdenes, o cuando eras una persona popular y admirada. Compara ese sentimiento mundano con el sentimiento de intimidad y compañerismo que has experimentado cuando has disfrutado a tope de la compañía de un amigo o de un grupo de amigos con los que te has reído y divertido de veras.

Una vez hecho lo anterior, trata de comprender la verdadera naturaleza de los sentimientos mundanos, es decir, los sentimientos de autobombo y vanagloria, que no son naturales, sino que han sido inventados por tu sociedad y tu cultura para hacer que seas productivo y poder controlarte. Dichos sentimientos no proporcionan el sustento y la felicidad que se producen cuando contemplas la naturaleza o disfrutas de la compañía de un amigo o de tu propio trabajo, sino que han sido ideados para producir ilusiones, emoción... y vacío. Trata luego de verte a ti mismo en el transcurso de un día o de una semana, y piensa cuántas de las acciones que has realizado y de las actividades en que te has ocupado han estado libres del deseo de sentir esas emociones e ilusiones que únicamente producen vacío, del deseo de obtener la atención y la aprobación de los demás, la fama, la popularidad, el éxito o el poder.

Fíjate en las personas que te rodean. ¿Hay entre ellas alguna que no se interese por esos sentimientos mundanos? ¿Hay una sola que no esté dominada por dichos sentimientos, que no los ansíe, que no emplee, consciente o inconscientemente, cada minuto de su vida en buscarlos? Cuando consigas ver esto, comprenderás cómo la gente trata de ganar el mundo y cómo, al hacerlo pierde su vida. Y es que viven unas vidas vacías, monótonas, sin alma...

Propongo a tu consideración la siguiente parábola de la vida: un autobús cargado de turistas atraviesa una hermosísima región llena de lagos, montañas, ríos y praderas. Pero las cortinas del autobús están echadas, y los turistas, que no tienen la menor idea de lo que hay al otro lado de las ventanillas, se pasan el viaje discutiendo sobre quién debe ocupar el mejor asiento del autobús, a quién hay que aplaudir, quién es más digno de consideración... Y así siguen hasta el final del viaje.

A TENER ENCUENTA:

- Aferrarse a las propias ideas sin dejar una puerta abierta al diálogo o al debate de las mismas.

- Tomar decisiones y posicionarse antes de informarse todo lo posible sobre un asunto.

- Dejar que sean otros quienes tomen las decisiones para no cometer errores. “Para empezar un gran proyecto, hace falta valentía. Para terminar un gran proyecto, hace falta perseverancia”. “… tanto mejor veremos cada pensamiento en su unicidad, en su individualidad, en su estrecha dependencia, y veremos también, que toda belleza y todo atractivo descansa precisamente en esa individualidad y en esa unidad, y, sin embargo, al mismo tiempo creemos ver de modo cada vez más claro que todos esos cientos de miles de voces de los pueblos ansían alcanzar la misma meta…

Desde la enmarañada trama de lenguas y libros de varios siglos contempla al lector en momentos luminosos, una quimera maravillosamente sublime y real: el rostro del hombre, convertido por hechizo en unidad a partir de miles de rasgos opuestos”.

Fuentes: “Para que te amen” -Lidia Pérez- “Lecciones de optimismo” -C. Adams Miller- http://webalia.com http://redgiga.com

* * * * * “No esperes que lleguen las circunstancias ideales ni la mejor ocasión para actuar, porque tal vez no lleguen nunca”.

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