Es el momento de rendir culto a los muertos, algunos lo vinculan con la vuelta de sus almas durante esos días; otros, con ancestrales cultos a la naturaleza.

Parece que fue Bonifacio III quien consiguió del emperador Focas un edicto reconociendo a Roma como cabeza de todas las Iglesias. Bonifacio III murió a los nueve meses de pontificado, el 12 de noviembre del año 607.

El 15 de agosto del 608 fue consagrado obispo de Roma un monje benedictino originario de los Abruzos. Con motivo de su elevación al solio pontificio, recibió un presente importante: el emperador Focas le regaló el Panteón.

Este templo de planta circular coronado por una impresionante cúpula había sido construido en el año 27 a. de J.C., por Agripa, en honor de todos los dioses. Bonifacio decidió al punto convertirlo en iglesia y, en el año 609, consagró el edificio a «Santa María de los Mártires», en memoria de todos los que habían derramado su sangre por dar testimonio del único Dios.

Se instituyó entonces la fiesta de Todos los Santos.

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OTRAS TRADICIONES:

1. El cambio de estación Hoy en día, en que la forma de adaptar la ropa o la comida a las estaciones viene marcada por las campañas publicitarias de los emporios comerciales, se nos hace difícil entender que en un pasado no muy lejano los criterios para fijar esas adaptaciones iban ligados a determinadas maneras de computar el tiempo y de señalar los inicios de las estaciones.

En contra del que podríamos pensar, esos inicios no coincidían con las efemérides astronómicas que llamamos solsticios (máxima y mínima altura del Sol sobre el horizonte) y equinoccios (posiciones intermedias entre aquellas alturas máxima y mínima), ya que los cambios de temperatura y pluviosidad que caracterizan las estaciones dependen de la inercia térmica de la tierra y del agua.

Eso ya fue recogido,hace más de un siglo, por el historiador irlandés Sir James George Frazer, que en 1.890 escribió “The golden bough” (La rama dorada), una de las obras fundamentales para interpretar las diversas maneras de medir el tiempo, sobre todo en lo que se refiere a las costumbres, rituales y creencias asociadas.

"En toda Europa, la visión celestial del año de acuerdo con los solsticios y equinoccios, iba precedida [acompañada] por la que llamaremos división terrenal del año de acuerdo con los comienzos del verano y del invierno" (cap. LXII).

Por eso, diferentes culturas establecieron en la antigüedad un "tiempo de espera" que sirviera de indicador más fiable a los auténticos cambios de estación, a la llegada del mal tiempo o "invierno" y del buen tiempo o "verano".

En nuestra tierra, esos cambios se asociaban a dos momentos determinados, el primero de los cuales, el fin del buen tiempo, venía marcado por la fiesta de Todos los Santos, el 1 de noviembre, 40 días después del equinoccio de otoño (22 de septiembre).

En el caso concreto de Todos los Santos, el inicio del invierno venía acompañado de la costumbre tradicional de estrenar ese día, la ropa de la nueva estación. Esa fecha también marcaba, en muchos lugares de la cuenca mediterránea, el final del año agrícola: una vez recogida la algarroba, pelada la almendra y prensadas la oliva en las almazaras y la uva en los lagares, se procedía a los pagos atrasados por la compra de animales y vencían los contratos anuales de arrendamientos de tierras.

De manera similar, esa fiesta servía para indicar a los antiguos celtas el inicio de la temporada de estabulación del ganado. Era tiempo, pues, de ferias agrícolas donde adquirir los nuevos aperos y animales para las faenas del campo, como todavía se hace en la centenaria “Fira de Tots Sants”, de Cocentaina, la capital de la comarca del Comtat, en el sudoeste del País Valenciano.

También por Todos los Santos se consideraba acabada la temporada de caza, tal y como recoge el dicho popular de la Vila Joiosa, en la comarca de la Marina Baixa, al sur valenciano. Así pues, Todos los Santos representa, culturalmente, la preparación para una nueva estación, el invierno, en que la Naturaleza entra en letargo, en un tipo de “muerte aparente”, y nosotros en época de oscuridad y frío.

2. La muerte y el culto a los difuntos Más allá del hito anual del cambio de estación y de las novedades gastronómicas, los aledaños del día 1 de noviembre se llenan de misterio y de culto a los muertos y a sus almas. Y no sólo en las culturas mediterráneas.

Así, por ejemplo, en las antiguas culturas célticas de Britania y de Irlanda, la noche del 31 de octubre se celebraba el año nuevo, o tránsito del verano al invierno, con el festival de Samhain, uno de los cuatro que marcaban el cambio de estación, y en que las -brujas británicas- celebraban sus aquelarres (como también lo hacían las vísperas del 1 de mayo, del 2 de agosto y del 2 de febrero, es decir, siempre 40 días después de los equinoccios y solsticios).

En el “Samhain” se encendían hogueras, tanto en Gales como en Irlanda, Escocia (las samhnagan) y la isla que hay entre ambas, Man. Al fuego encendido durante el “Samhain” se le atribuían propiedades mágicas, y en Irlanda servía para encender los fuegos de todos los hogares.

Los sajones que en siglo V d. C., ocuparon los territorios célticos recogieron la tradición del “Samhain”, que posteriormente transformaron en el cristianizado “All Hallow Even” (o "víspera de todo lo sagrado"), antecedente terminológico y simbólico del actual “Halloween” (o Hallowe'en), celebrado con mascaradas en las Islas Británicas e introducido con gran éxito en los Estados Unidos de América por los emigrantes irlandeses.

Por lo que se refiere al mundo mediterráneo, los antiguos griegos pensaban que entre el 1 y el 2 de noviembre Hades permitía el ascenso hasta la superficie de la Tierra a los espectros de quienes habían sido buenas personas durante su vida, para que pudieran manifestarse a sus descendientes y hablar con ellos mediante ruidos.

Una creencia similar perdura en el mediterráneo occidental, donde se visitan los cementerios, se habla con los muertos, se adornan sus tumbas con flores, y se cree que las almas vuelven desde el mediodía del 1 hasta el mediodía siguiente, e incluso que descansan sobre las barras de las sillas y que nos hablan desde el interior de los cántaros.

También aquí se encienden fuegos con propiedades mágicas, las “mariposetes” de la noche del 31 de octubre, lucecitas especiales que arden flotando sobre una capa de aceite los días de Todos los Santos y de Difuntos, y que sirven para señalar a las almas el camino hacia su casa.

Como las almas de los difuntos volvían en busca del calor del hogar y para confortarse por la buena acogida que les dispensarían los parientes, en muchas masías de Cataluña se les preparaba un lecho caliente por si querían acostarse, cosa que también perdura en muchos pueblos del País o Reino Valenciano, según como se prefiera; donde era costumbre que el día de difuntos se hacía la cama de buena mañana, se dejaba preparada con una esquina semi abierta (la girà) y se iba a 3 veces a misa para dar tiempo a que las almas pudieran acostarse y descansar.

3. Las comidas El inicio del invierno tenía su repertorio culinario particular, desde los alegóricos buñuelos de viento, a los más humildes boniatos y calabazas al horno. A la comarca del Bajo Segura, en el extremo meridional valenciano, tenían para los días de "Tosantos y Difuntos" un postre casero hoy en día casi desaparecido, las gachas de difuntos o de santos, hechas con harina anisada endulzada con arrope y calabazate.

Pero, sobre todo, dulces capaces de conservarse durante mucho tiempo y suministrar una fuente de energía fácilmente digerible durante los meses fríos. Como los pastelillos de boniato y, sobre todo, los panecillos de la muerte mallorquines, predecesores tanto de los tiernos y densos panecillos de mazapán, como de los "huesos de muerto mejicanos".

Aparecen, por Todos los Santos las níspolas y, sobre todo, las castañas. De hecho, por Todos los Santos las castañas tostadas al calor de un buen hogar, y las castañeras por nuestras calles, eran uno de los identificadores de la fiesta y del inicio del invierno.

4. En definitiva Una parte de la humanidad, culturalmente significativa, considera que el invierno, la estación más lúgubre y fría, la "muerte" de la Naturaleza, se inicia 40 días después del equinoccio de otoño (22 de septiembre), con la celebración de una fiesta que llamamos de Todos los Santos.

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“El que vence a los otros, es fuerte. El que se vence a sí mismo es poderoso. Pero aquel que sabe que no perecerá al morir, aquel es eterno”. -Lao-Tse-

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Receta de los "Huesos de Santo", Postre típico del 1 de noviembre Ingredientes: Para el mazapán: 200 grs. de azúcar 100 “ agua 150 “ de almendra molida Para el dulce de yema: 100 grs. de azúcar 50 “ de agua 4 yemas de huevo

Modo de hacerlo:

1) El mazapán: Hacer almíbar fuerte con el azúcar y agua, en el fuego. Añadir la almendra y revolver fuertemente hasta formar una pasta. Dejar enfriar mientras se confecciona el dulce de yema.

2)El dulce de yema: Hacer almíbar fuerte con el azúcar y agua, en el fuego. Batir las yemas solas y añadir a chorrito el almíbar mientras se revuelve. (Se puede hacer con la batidora). Echarlo de nuevo en la cazuela donde se ha hecho el almíbar y ponerlo al baño maría, revolviendo hasta que espese mucho. Tener cuidado que no hierva, ya que se puede cortar la crema. Dejar enfriar.

3)Montaje de los huesos: Amasar el mazapán y estirarlo con el rollo de cocina, en una superficie espolvoreada con azúcar glas. Cortar tiras de 4 cms, y luego estas en cuadrados. Enrollar cada cuadrado en un palito de 1 cm. de diámetro. Pegar la masa con los dedos para formar unos pequeños cilindros y pasarlas por azúcar glas. Sacar del palo, dejar secar y rellenar con el dulce de yema.

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